jueves, 29 de diciembre de 2011

PÁNICO

Cuando lo vieron ya era tarde. Los frenos habían bloqueado la dirección.  Llevaban meses intentando esquivarlo pero cada día se lo encontraban. Siempre igual. Ana se tapó la cara para no verlo mientras un grito ahogado salía de su boca. Rafa, aferrado al volante con fuerza, no daba crédito. No podía ser.
Pero era cierto, allí estaba, no había manera de darle esquinazo. Por más que le insistían, siempre tenían que darle algunas monedas a aquel hombre desdentado que les miraba con cara de pocos amigos mientras les limpiaba el cristal aprovechando el semáforo en rojo.

domingo, 25 de diciembre de 2011

EL DÍA D

De pequeño, mi hermano Cloude no era de fiar. Hoy es miembro del Tribunal Supremo, pero esa es otra historia. Somos del norte, de Normandía, y nuestro juego favorito era, influidos por las batallitas de los abuelos, el de la guerra. Cloude era el mayor, así que siempre elegía ser el americano. A mí me ponía un brazalete con la esvástica hecho de cartulina y me obligaba a esconderme detrás del último parterre del jardín. Él, desembarcando en "Omaha beach", salía arrastrándose por el porche, armado con el palo de un rastrillo hasta llegar dónde estaba mi nido de ametralladora. Yo debía tener muy mala puntería porque nunca le daba. Llegaba hasta mí con facilidad y yo tenía que rendirme sin resistencia. Después me metía en la caseta de las herramientas, su cuartel general, y me ataba a la segadora. Un día que nuestros padres habían ido al teatro, me dejó toda la tarde allí metido. Cuando llegaron, mi hermano estaba dormido con la tele encendida y yo amordazado en el jardín muerto de frío. Mi padre nunca le regañó; tenía muy claro que los nazis, ni jugando, tenían derecho a nada.

viernes, 23 de diciembre de 2011

LA MEDALLA

Mi abuelo era el homenajeado de la noche. Iba a ser condecorado por el alcalde en un acto en su honor celebrado en el ayuntamiento. Fue un acto sencillo; la simple entrega de un diploma por ser un 'ciudadano ejemplar' al devolver un maletín extraviado con cien mil euros, y la correspondiente medalla colacada por el mismísimo alcalde. Todo iba según lo previsto hasta que llegó el momento de la dichosa medalla. El alcalde, cuyo ayudante había olvidado dónde había dejado sus gafas, tanteaba con mirada turbia el pecho de mi abuelo en busca de la solapa del traje. La encontró al tacto, pero al ir a colocarle la condecoración, tuvo la mala suerte de no acertar a la primera y pellizcó la tetilla del homenajeado. 
   Todas las cenas de nochebuena nos cuenta la misma historia, pero lo que nunca nos aclara mi abuelo es dónde está el resto del dinero y cuánto se quedó el alcalde.

martes, 20 de diciembre de 2011

LA MUJER DE MI VIDA II


Ayer vinieron a casa a cenar mis vecinos, A. y P., un matrimonio genial que sólo tiene un defecto: están empeñados en buscarme pareja. Se presentaron con una amiga suya, una dentista de metro ochenta, divorciada. Hasta ahí, bien, pero ni A. ni P. conocen mis trampas. Ayer tocó la del cuadro torcido. Sólo he colgado un cuadro en mi vida, hace años. Hay gente predestinada al bricolaje; yo no. Es el cuadro que tengo encima del piano, cuyo protagonismo es más que evidente. En fin, así se quedó y ahí sigue. La dentista era francamente agradable, simpática e inteligente. Pasamos al salón después de la cena para tomar una copa ya sentados en el sillón. A., para hacerme quedar bien, me pidió que tocara 'algo' al piano. La escena era muy peliculera. Yo allí sentado con cara de interesante y la candidata de pie, a mi lado, apoyada en el piano y con una copa de vino en la mano. En un momento dado ocurrió lo peor: sin ninguna consideración, dejó la copa sobre la impoluta laca del piano y con un dedo índice escrupulosamente equilibrado, quiso nivelar el cuadro. En ese momento, una nota discordante rompió el encanto. A. y P. se miraron y tacharon otro nombre en su agenda.

lunes, 19 de diciembre de 2011

LOS CALCETINES DE ROMBOS


A mí no me gustan los calcetines de rombos. Sé que combinan con todo pero reconozco que los tengo manía. Una de tantas. El otro día, en mi cajón de los calcetines, apareció un par. Pensé al principio que eran de mi mujer, de esas cosas que se compra para un fin de semana y luego no se pone jamás. Estaban hechos una bola, colocados como el resto. Los desplegué y resultó que eran de hombre. Durante la comida se los enseñé y me dijo, apurada, que no sabía de quien eran. Tras unos segundos de duda y tribulación, mi hija mayor confesó que su novio había estado con ella el fin de semana en casa. Ahí terminó el asunto de los calcetines de rombos, o, al menos, hasta ahí quise saber. Sin embargo, pasados los días, algo ha hecho que los recuerde. Mi mujer, siempre miedosa con los peligros de la carretera, me ha propuesto que le compremos un coche a M. para ir a la facultad.

jueves, 15 de diciembre de 2011

ME SIGO ARREPINTIENDO



Vivía en la casa de al lado. Era un tipo bajito, feo y arisco, con gesto seco. Hablaba poco y a voces, y cuando lo hacía no daba pie a la réplica. Nuestros padres eran amigos así que crecimos juntos. De niños, no solía compartir sus juguetes. En cambio, se ofendía si no le dejaba los míos. Iba a su casa por obligación; cuando mis padres salían a cenar me dejaban allí. Adolf, que así se llamaba, venía a la mía cuando eran los suyos quienes salían. Fuimos también juntos al colegio y a la universidad. En segundo de carrera se dejó bigote. Comenzó a leer libros raros. Mientras el grupo de amigos nos íbamos a beber cerveza, él se quedaba leyendo ensayos sobre pangermanismo. Nunca le conocimos novia alguna. Un día fuimos de excursión al lago de Gmunden. Nos repartimos entre las barcas y a Adolf le tocó conmigo. Recuerdo que llevaba camisa y pantalón de verano caquis. Mientras yo remaba, él se limitaba a apartarse su ridículo flequillo de los ojos. Apenas me hablaba, le bastaba con observar el paisaje con mirada altiva. Nuestros amigos comenzaron entonces una batalla naval. Los piratas abordaron nuestra barca y Adolf cayó al agua. Gritando despavorido pedía auxilio levantando los brazos mientras confesaba que no sabía nadar. Me tiré sin pensarlo. Le subí al bote y le salvé la vida.
Hoy, cuando ya la muerte me está rondando después de tantos años, me sigo arrepintiendo de aquello.

L LENGUA M YA



En la lengua maya no existe la palabra "imposible", por lo que tamp co existe el concepto. O sea, no hay nada que no se pueda conseguir. Es el poder de las palab as. Yo, aquel día, quise imitar a los mayas e ignorar el concepto imposible. La llamé por telé ono. Me dijo que no antes de colgarme. ¿Que no qué? Que no, simplemente, que no a todo, como en los test. Entonces... ¿que harían los mayas?, ¿volverían a llamar? Lo dudé un rato antes de presentarme en su casa. Salió al jardín y no me dejó pasar. Me puso una mano en el p cho y me empujó hacia atrás. Dijo que estaba oc pada. Pero oye, que soy maya, la dije. Me tomó por loco. Insistí ent nces ya metido en el papel, pero con el portazo que dio se me quedaron tres dedos dentro del jardín, a sus pies. Por eso os pido disculpas si notáis la falta de algunas letras; necesito tiempo hasta que me acostumbre a escribir con las falanges.

jueves, 1 de diciembre de 2011

LA MUJER DE MI VIDA I


La primera noche que conseguí que viniera a mi casa, ya me di cuenta que tampoco iba a ser la mujer de mi vida. Recuerdo ir en el coche sin poder evitar mirarla las piernas. Quería llegar cuanto antes. Ya en el garaje me ofreció su primer beso, que no fue más que una oferta de coito sin garantías de éxito. Subimos en el ascensor intentando desabrocharnos el mayor número de botones. Todo parecía marchar bien hasta que llegamos a mi habitación. Yo, por un lado de la cama, me desnudé a velocidad de sprinter dejando todo tirado por el suelo según me aconsejaba la excitación. Al girarme ya dispuesto a lo que fuera, la vi a ella doblando su ropa con mimo y esmero encima del sillón, a cámara tan lenta como desesperante. Iba colocando cada prenda por orden de tamaño, y al llegar a la camisa se plantó frente a mí y me pidió una percha. Llegados a ése punto, me di cuenta que aquella tampoco iba a ser la mujer de mi vida.

EL FAVOR


Hoy he pasado el día en Estocolmo, caminando sobre la nieve, bordeando el lago Mälaren. He sido testigo de una conversación entre un compositor septuagenario francés y su esposa, una mujer mucho más joven que él, de Barcelona, a la que ha pedido un favor. Al escucharles, no he podido evitar sentir angustia porque...
Perdón, alguien llama a la puerta, creo que es el pedido de Mercadona. Luego sigo escribiendo la novela.

martes, 29 de noviembre de 2011

EL SALTO DESDE EL PUENTE


Hace algunos años me tiré de un puente. Antes de mí, lo hizo otro, uno que llegó con un quad verde. Aquello parecía fácil. No sé por qué lo hice. Tal vez para que el del quad no se llevara todas las flores. Me lo advirtieron antes de saltar: nunca separes las piernas, no lo olvides, siempre juntas. Los que no tenemos espíritu aventurero solemos tener mala memoria cuando actuamos bajo presión. Salté, sí, pero volé desequilibrado y se me olvidó cerrar las piernas. Grité debajo del agua como nunca hasta entonces había gritado. Al oírme, un salmón aterrorizado salió nadando río arriba. Cuando conseguí salir a flote estaba mareado, apenas podía respirar y la sangre parecía no llegarme a la cabeza. Salí arrastras, palpándome el paquete por si se había quedado flotando en el río. Me quedé en la orilla un buen rato sin poder articular palabra. Sin resuello, pude ver la polvareda del quad al pasar junto a mi 'dos caballos'.

domingo, 27 de noviembre de 2011

EL CAPUCHÓN


Reconozco no estar acostumbrado a conducir entre tranvías, así que al segundo día de estar en Lisboa me choqué con uno. Nada aparatoso, sólo chapa, pero el conductor se bajó con la yugular hinchada. Mi portugués es muy limitado, por no decir inexistente, de modo que no entendí nada. Del tranvía bajó entonces una señora bastante gruesa que hablaba los dos idiomas. Con su colaboración hicimos todo el papeleo. La invité pues a un café en agradecimiento a su ayuda. Me contó que era cetrera y que trabajaba en el aeropuerto de Lisboa. Se notaba que tenía carácter por la manera en que mojaba el croissant en el café. Le debí caer bien porque terminamos en su casa. Cualquiera le llevaba la contraria. Estuvo toda la tarde hablando de halcones, señuelos y capuchones. Ya de madrugada, crecida por mi complacencia, sacó un capuchón como los de cetrería pero para humanos, parecido a los de la lucha libre mejicana pero en rústico, y me pidió que me lo pusiera. Accedí porque soy así de idiota. Me dejó desnudo en menos de un minuto y me tiró al suelo con una llave de judo de cuarto dan. Y allí estaba yo, ciego, con el capuchón en la cabeza, dejándome hacer. No me gusto la experiencia, la verdad. Al terminar, le conté una de mis perversiones, para compensar, y quedamos en vernos mañana. Tengo veinticuatro horas para encontrar un disfraz de su talla. ¿Conocerán en Portugal a la abeja Maya?

viernes, 25 de noviembre de 2011

CARTA DE UNA LECTORA

Gracias, María José, por tu carta. Para mí representa mucho.




Estimado Rafa:

Espero esté bien y en plena ebullición creativa.

He dejado pasar un par de días para escribirte y contarte las sensaciones que me ha producido la lectura de tu "Helmut".

Que su lectura se hace fácil y amena es un comentario que me imagino que es común a todos los que la hemos disfrutado.

Que es la historia de una obsesión dentro de otra , etc, tú mismo lo cuentas y lo explicas, pero creo que Helmut encierra más cosas que todos los pensamientos obsesivos del inconsciente colectivo.

Honestamente, me parece que es mucho más que eso. Has abierto la Caja de Pandora y allá cada cual cuando nos enfrentamos a su lectura...

Es una historia coral donde todos y cada uno de los personajes interpretan una sinfonía en la que todos son esenciales y tienen su relevancia. No sobra ni falta nada, ni nadie, y me asombra tu gran capacidad de conducirnos por el viaje obsesivo de Mauro para señalarnos que el resto también tienen las suyas propias, en mayor o menor medida, con mejor o peor desenlace, como todo el mundo.

En el viaje se agradece que nos lleves por la cotidianidad de las relaciones humanas, por las descripciones de paisajes urbanos y hasta de la naturaleza con tintes fantasmagóricos. Que nos recuerdes en qué mundo vivimos, cómo lo hacemos o dejamos de hacerlo perdiéndonos experiencias cuando tomamos decisiones acertadas o cometemos errores.

Que existen mundos diferentes y también mundos paralelos que no se diferencian mucho a la hora de las emociones y los sentimientos.

Que los sentimientos brillen por su ausencia, gélidos y blancos en un banco de un jardín de una casa austríaca o en esos parajes de lagos fríos y bosques húmedos, pero también que las emociones broten y salgan a relucir en las escenas erótico-festivas con un tono elegante que se agradece y además se disfrutan y se llegan a sentir en propias carnesss...

El fantasma de Helmut resucitado en el de Mauro me ha dejado totalmente con el estómago encogido.

Maravillosa la evolución de la sombra de la obsesión que crece y crece en Mauro y fagocita a Helmut para seguir siendo la misma en otro cuerpooo...¡qué miedo!...lo he pasado mal y me da mucha pena de que Mauro no sea capaz de crear por él mismo y que Ale deje de ser ella y deje de luchar por sus propios sueños y hacer su vida.

Resulta como la vida misma y a mí cada una de las historias dentro de la historia me resultan familiares y podría seguir y seguir hablando de lo que me provoca el mundo helmutiano que has creado en esta obra, pero da para rato y no quiero aburrirte con cosas que tú ya conoces y que tú mismo has creado para compartirla con los lectores.

Me da la impresión de que eres un puro artesano neorenacentista, porque sabes mucho y bien y lo disfrazas de novela urbana del siglo XXI, pero en ella hay recogido mucho conocimiento y sabiduría que sólo puede tener aquél que vive o al menos pretende hacerlooo...no sólo en un mundo, sino en variosss...

Una cosa curiosa personal que me ha pasado es ver que tanto tú como yo hemos coincidido en el uso del "moño a lo Audrey Hepburn". Yo lo utilicé en mi relato final del taller de escritura de Carmen y Gervasio y no había leido tu libro. ¡Curiosa coincidencia!...y otra que me ha chocado muchísimo es la del flashback de la historia de Helena Mortensen nombrando el lupanar de las SS nazis. En mi relato utilizo otro parecido sólo que de las Brigadas Intenacionales en el Ebro.

Una vez más me doy cuenta de que debe ser cierto que existe una "Memoria Colectiva" y que no existen las coincidencias.

También me encanta el amor por la música, por el cine, por la arquitectura, que dejas translucir en la historia, por los pequeños detalles, por mencionar la diferencia entre el amor y el sexo, entre otras cosas que ahora no me vienen a la memoria.

Las referencias de los políticos y personajes famosos como el Consejero, Aguirre, Bardem y Penélope nos recuerdan que vivimos en el aquí y ahora, pero el viaje al que nos invitas con Helmut va más allá del tiempo y el espacio.

Y bueno, ¿qué más te puedo decir?...que ya se me acaban las pilas, porque yo soy así...me dejo llevar por mi inspiración y como buena maña entro a saco y salgo como puedooo...

¡Felicidades, Rafa!, sinceramente.

He disfrutado tanto de la lectura de este libro tuyo que anoche intenté comenzar el último de Juan Marsé y no pude pasar de la primera página, porque me parecía de otra época. ¡Y que la Virgen del Pilar me perdone con este atrevimiento!, pero es que fue así.

Siempre he sentido que es un arte hacer creer a los demás que un libro parece fácil, porque ahí reside su dificultad. Hacer parecer fácil lo difícil es cosa de Maestros, y creo que si ya no lo eres, al menos estás en el caminooo...

¡Gracias, Rafa!, y espero tener la posibilidad de que algún día me lo firmes con dedicatoria incluida para romper el maleficio de Helmut de odiar a todo "quisqui" y querer aislarse de toda la parafernalia y la hipocresía que rodea el mundo de la creatividad que no es auténtico.

Lo veraz y bueno siempre permanece, y tu obra creo que lo hará...

Besicos mañosss...

Maria José

jueves, 24 de noviembre de 2011

LA CAMISA DIOR


En la escalinata de la Basilique du Sacré-Coeur de París suele colocarse un joven de aspecto musulmán haciendo malabares con un balón de fútbol para ganarse unos euros. Pues bien, si algún día le veis con una camisa Dior, que sepáis que es mía.
La compré hace un par de años. Me la probé en la tienda y me gustó, pero al llegar a casa y ponerme delante del espejo... había algo que no me encajaba, no sé, el cuello, los puños... vete tú a saber. Aprovechando que era el cumpleaños de mi cuñado se la largué a él. Nos invitó a cenar para celebrarlo. Haciendo el graciosillo, se la probó después del postre. Le quedaba perfecta.
Al día siguiente volví a la tienda y me compré la misma camisa. Si a él le queda bien, a mí también, pensé. Quise estrenarla en un paseo mañanero por Montmartre. Lo hice por superar la envidia. Pero cuando llegué arriba, allí rodeado de tanto turista, me cabreé con el mundo y me quité la camisa. Se la regalé a aquel muchacho del balón. Desde entonces pide dinero vestido de Dior. Comprobarlo en vuestras fotos.

martes, 22 de noviembre de 2011

EL PEZ AZUL

Cuando llegó a casa, el pez estaba flotando en la pecera. Lo cogió con el colador y lo tiró al cubo de la basura. Pensó en cómo decírselo a su hijo cuando volviera de clase de pintura. Seguro que se pondrá a llorar. Entonces se le ocurrió una idea. Salió a toda prisa camino del acuario. Al llegar se alarmó al ver tanto pez junto, pensaba que iba a ser más fácil identificar uno igual al de su hijo. Ese, me llevo ese, dijo señalando con el dedo a uno naranja.
Al sacarlo de la bolsita y verlo nadar en la pecera de casa se sintió satisfecho. Llegó su hijo al poco tiempo. Como cada martes, lo primero que hizo fue dar de comer a su amigo. El padre, mirando de reojo, imploraba al más allá. Ha colado, pensaba eufórico, ha colado.
Después de cenar, el niño se llevó el teléfono a su habitación para llamar a su madre.
   —Oye mamá, ¿tú por qué te separaste de papá?

domingo, 20 de noviembre de 2011

TERAPIA DE CHOQUE



La primera vez que salté desde un trampolín pensé que me estaba equivocando, que aquello no era para mí. Lo hice por superarme a mí mismo, como me pedía mi psicólogo, pero según estaba descendiendo por la rampa a toda velocidad me di cuenta de que no iba a funcionar. En pocos segundos llegué a los noventa kilómetros por hora. Ya no había marcha atrás. De pronto estaba volando por allí arriba, con miles de cabezas orientadas hacia mí. Yo, con las piernas abiertas, intentaba mantener la aerodinámica para no caer sobre ellos. Pero algo falló. No sé si fue el viento o el miedo.
El psicólogo vino a verme al hospital. El pobre quedó horrorizado al entrar en la habitación. Me dijo que abandonaba la profesión, que aquello había sido un error muy grave. Yo, desde la cama, escayolado de arriba a abajo, intentaba animarle mientras me daba de beber con una pajita. No lo conseguí. Hoy es pastor luterano en un pueblo cerca de Oslo.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

ESTOCOLMO SIN GUANTES



No creo que haya nadie más tonto en Estocolmo que yo. A nadie se le ocurre salir de casa sin guantes. Me pasó ayer mismo, y me di cuenta cuando ya sacaba la bici del portal. Miré el reloj y confirmé que tenía el tiempo justo para llegar al teatro. Tampoco está tan lejos, pensé. Llegué con precisión sueca. Eso sí, con las manos moradas a punto de congelación. No las sentía. La representación empezó y las manos comenzaron a dolerme. Metí la izquierda debajo de mis piernas, y la derecha entre los muslos de Brunnä, mi novia. Así estuve hasta que cayó el telón. No pude aplaudir.
Hoy me he levantado sintiendo que la sangre por fin circula por mis manos, aunque no sé por qué, pero el caso es que una está mejor que la otra. Para igualar la recuperación hoy he vuelto a quedar con Brunnä. Vamos a ir al cine. Esta vez la voy a pedir que se siente a la izquierda.

lunes, 14 de noviembre de 2011

EL LÁPIZ




Hacía tiempo que no sacaba punta a un lápiz. Ayer le robé un sacapuntas a mi hija pequeña, uno de Mickey, y me dio por ahí. Comencé a darle vueltas al asunto mientras abstraído leía unas páginas que acababa de escribir en la pantalla del ordenador. Terminé las dos tareas a la vez, la lectura y el lápiz. Tan metido estaba en la novela que, cuando me di cuenta, sólo me quedaban escasos dos centímetros de madera en la mano. Fue una vida breve la de ése lápiz, fugaz. Quise entonces rendirle homenaje, de suerte que cogí un post-it y redacté mí testamento. Te lo dejo todo a ti, escribí. Después, lo pegué en el espejo de mi cuarto de baño y me acosté. 
Mi mujer se ha ido a trabajar esta mañana antes que yo. Pegada con celo al lado del post-it, me ha dejado la tarjeta de una psicoanalista amiga suya. 

viernes, 11 de noviembre de 2011

ÚLTIMO PITIDO



Un pitido intermitente y molesto, con una cadencia cada vez más lenta, parecía taladrarle los tímpanos desde la mesilla. Después, el fugaz silencio se rompió con un pitido constante. Lo último que vio fue la cara de la enfermera entrando con precipitación en la habitación. 
Alguien había dejado la ventana abierta. La ciudad desde aquí es maravillosa, pensó mientras subía, desnudo y etéreo. 

jueves, 10 de noviembre de 2011

UNA DEL METRO DE NY


Lo que Milan Kundera ha unido, que no lo separe el matrimonio.
Se conocieron entre Union Square y la 23 st., en el metro de Nueva York. La casualidad hizo que se sentaran juntos una de Ohio y otro de Palma de Mallorca. Ambos, además, leyendo el mismo libro; él en inglés y ella en español. Los dos hacían anotaciones a los márgenes y subrayaban las palabras que no entendían. Él, más disperso por naturaleza, se miraba en la ventanilla de enfrente, de suerte que pudo ver el título del libro de su eventual compañera de viaje. Tardó dos paradas en atreverse a decirla algo. A ella le hizo gracia. Él compartía apartamento en el West Side, ella lo mismo pero en Brooklyn. Se cayeron bien, tanto que quedaron al día siguiente a condición de que cada uno hablara en el idioma del otro. La experiencia les gustó y repitieron. A las tres semanas se fueron a vivir juntos; total, no aumentaban los gastos, por lo que no tendrían que pedir un aumento en la asignación a los padres. Él hacía el amor en español y ella al estilo de Ohio. La cosa funcionó.
Hoy están en Brno, el pueblo de la República Checa dónde nació Kundera, celebrando su primer aniversario.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

FUE UN ACCIDENTE

Todas las tardes hacía lo mismo. Se quedaba dormido en la silla de la cocina, al calor de la estufa, mientras Petra, su mujer, planchaba y le hacía la cena. Se le iba la cabeza hacia atrás y abría la boca mientras los ronquidos salían a través de la dentadura desencajada. La boina colgando del respaldo nunca se caía. Descalzo, con las botas embarradas debajo de la mesa, dormía a pierna suelta. Ya no hablaban, ni se escuchaban. Petra estaba harta. Todas los días lo mismo. Vivir con él era una condena. 
Una de esas tardes, a la salida del médico, de camino a la farmacia para comprar antidepresivos, Petra tuvo una idea. Al llegar a casa, le vio dormido en la cocina, en su postura habitual, llenó entonces una cacerola con leche y la puso a calentar con el gas al máximo. Con cuidado de no hacer ruido salió de la casa para pasear durante dos horas por el pueblo dando vueltas por ahí.
De regreso, aguantó la respiración, entró sin encender la luz, abrió las ventanas y llamó a la Guardia Civil.

martes, 8 de noviembre de 2011

EL REGALO

Por su cumpleaños, había pedido ver "Con la muerte en los talones" en pantalla grande. Sus amigos estaban a punto de desquiciarse hasta que a uno se le ocurrió una idea: llevar un proyector y un generador portátil a la estación abandonada en medio de un pinar. Una de las paredes tenía el tamaño idóneo, la textura aceptable y el color compatible con sus pretensiones. Esperaron la noche para ir a buscarle por sorpresa. Cuando llegaron, le sentaron en una tumbona de piscina colocada ad hoc para tal evento. A pesar de ser verano, hacía fresco, de suerte que pronto todos se taparon con mantas de viaje. Uno de ellos ya había estado preparando todo durante la tarde, así que cuando estuvieron ya sentados en sus tumbonas, sólo hubo que dar al play para que aquello cobrara vida. Cuando Cary Grant acababa de aparecer en escena, un visitante inesperado se colocó frente al proyector recortando su silueta en negro en la pantalla. ¿Qué creen que están haciendo?, preguntó con los brazos en jarra. Era el sargento de la guardia civil. Tuvieron que darle todas las explicaciones. Le miró. Hoy me han pillado de buenas, dijo. Les permitió seguir con la película si le dejaban quedarse. Apoyó el tricornio en el capó del Renault 4 y alguien le pasó unas palomitas. 

domingo, 6 de noviembre de 2011

EL ARTISTA

Siempre le gustó el surrealismo, tal vez porque era el movimiento que más se parecía a su propia vida. A veces, me leía poesía que yo no entendía, y al pedirle que me la explicara siempre me contestaba que la buena poesía no necesita explicación. Tocaba todos los palos, era un artista integral, de esos que lo son hasta cuando duermen. Tenía mano y genio para todo, desde la pintura hasta la fotografía. Últimamente estaba volcado con lo que llamaba 'videoinstalaciones'. La vida le fue bien en todo menos en el amor. Tuvo seis hijos con seis mujeres y con ninguno de los doce mantuvo relación, aunque a todos dejó la vida bien asegurada para el futuro. Fue desprendido con el dinero y tacaño con los abrazos. Vivía en otra dimensión. Era mi amigo, sí, tal vez el único que tenía. Hoy, en su entierro, sólo había periodistas, críticos y prisas por terminar. A veces me pregunto por qué nos llevábamos tan bien. No sé, puede que yo sea igual que él. El caso es que acabo de recibir una notificación de la notaría. Quieren hablar conmigo. Por lo visto tienen algo para mí. Ya me imagino lo que es, pero no sé si me va a caber en casa.

martes, 1 de noviembre de 2011

PALABRAS FEAS


Hay palabras que son, de por sí, feas; por ejemplo: 'estreñimiento'. Suena mal ¿o no? Uno oye 'estreñimiento' y al instante se le vienen a la mente imágenes ignominiosas de dudoso buen gusto. Bueno, pues yo llevo tres días con ése problema. Es horrible. Hace un rato me he acordado de lo que me daba mi madre cuando yo era pequeño: supositorios de glicerina. 'Supositorio', otra palabra tan visual como la otra, y tan perversa. He salido de casa saltándome mi farmacia habitual, como queriendo evitar que Paco, el farmacéutico, supiera de mi estado. Paseando he llegado a Chueca. Casi todas las farmacias estaban con público, de suerte que he seguido mi periplo en busca de intimidad.
Por fin, acabo de encontrar una en la que no hay nadie, en la calle Infantas, por no haber no está ni el farmaceútico. Aquí estoy, frente al mostrador vacío. ¡Hola!, digo en alto, ¡¡hola!! De pronto, aparece un ángel por la puerta de la rebotica. Debe rondar los cuarenta, con cola de caballo, guapa hasta doler la cara, de ojos magnéticos y sonrisa desarmante. Lleva gafitas de leer. Dime, me dice quitándose las gafas y mordiendo la patilla..., ¿qué quieres?
'Si te digo lo que quiero..., mejor te pido lo que necesito', pienso. Y entonces caigo en la cuenta de por qué estoy aquí. 
   —Me voy a llevar un paquete de Halls mentolado..., la garganta, ya sabes.
A veces pienso que le doy demasiada importancia a las palabras.

jueves, 27 de octubre de 2011

LAS ESTUPIDECES

El tío era un impresentable. Broker, me dijo, jactándose de que sólo se dedicaba a jugar en bolsa con el dinero de los demás. Le conocí en una terraza de la Castellana hace ahora cuatro años, una noche que yo había salido con mis amigas. Recuerdo que era jueves y que él venía directamente de la oficina. Noté pronto que no paraba de mirarme y al rato se presentó. Era guapo, sí, pero presuntuoso. Hablaba mucho, a veces atropelladamente y su tema favorito era él mismo. Iba de coca, lo que no me hacía gracia. Me dijo que acababa de cerrar una operación de varios millones en una conversación de tan sólo dos minutos. Se vanagloriaba del dinero que había ganado en un cuarto de hora. Era un patán. Supongo que me pilló desprevenida cuando accedí a darle mi móvil. Me llamó al día siguiente para venir a buscarme. Se presentó en casa con un descapotable inglés color burdeos. Mi padre lo vio desde la ventana de arriba. Creo que le gustó porque no me puso objeciones para salir con él. Coqueteamos durante unos meses no sé muy bien por qué. O sí. Me gustaba, la verdad, aunque sabía que no me convenía. Intuía que la cosa no podía funcionar. Era opuesto a mí en todo y a pesar de ello me casé con él.
Mi matrimonio ha durado lo mismo que su coche nuevo, año y medio, y menos mal, porque no le aguantaba más. Nunca he sabido por qué empecé con él. Dicen que es más habitual de lo que parece pero que raramente le ocurre dos veces a la misma persona. Las estupideces se suelen hacer una sola vez. Espero.

martes, 25 de octubre de 2011

BROOKLYN FOLLIES, Paul Auster (PÁRRAFOS)



La vida se metió por medio; dos años en el ejército, trabajo, matrimonio, responsabilidades familiares, necesidad de ganar más dinero, toda esa cagada que nos deja empantanados cuando no tenemos los cojones de luchar por lo que queremos.

BROOKLYN FOLLIES, Paul Auster, editorial Anagrama.

EL PUNTO ROJO

Hoy me he levantado con el ojo morado y la marca de un anillo en el pómulo. Llevo un rato pensando todo tipo de mentiras para esquivar las preguntas, pero creo que lo mejor es contar la verdad. Ayer fui a la inauguración de una exposición de un amigo. Le había prometido que le compraría una obra, así que nada más verme, después del abrazo de rigor y la copa de vino, me dio unas cuantas pegatinas de puntos rojos. Con una me basta, le dije. Tú llévatelas por si acaso. Bueno, pues paseando por la galería vi, entre cuadro y cuadro, a una chica de espaldas, edad indefinida, melena negra y brillante, chaqueta de ante y vaqueros desgastados. Me coloqué a su lado y, mirando un lienzo monocromático azul y otro naranja, la pregunté si conocía al artista. Me dijo que sí. Roto el hielo, quise saber cual de los dos cuadros le gustaba más. Me contestó que el azul. Yo, todo chulo, puse una pegatina debajo del cuadro y, al volverme, se me ocurrió pegarle otra en la solapa de su chaqueta.
¿Por que no me dijo mi amigo que tenía novia nueva?, no lo entiendo, la verdad.

lunes, 24 de octubre de 2011

CUARTO MILENIO

No sé si lo visteis, pero el otro día salí en Cuarto milenio. Era tal la excepcionalidad de mi caso que el propio Iker Giménez me entrevistó en su estudio. Hubo un reportaje previo que grabaron en mi casa la semana pasada. Yo creo que la dirección del programa se quedó verdaderamente sorprendida de aquello, así que se pusieron en contacto con un especialista americano, un tipo de Los Ángeles de pelo largo y gafas de cristales enormes que decía tener conexión con los espíritus de los apaches. La noticia corrió como la pólvora hasta llegar a Hollywood. Hoy ha venido un representante de una productora independiente, quieren hacer una película. No sé, a mi todo esto me parece que se está saliendo de madre. Sí, ya sé que no es normal que sea la única persona del mundo a la que le crece el césped artificial de su jardín, pero de ahí a todo esta movida... creo que exageran. No sé qué podría pasar si se enteran de que las muñecas de mis hijas les hacen los deberes.

domingo, 23 de octubre de 2011

LA PUNTUALIDAD

'Nos vemos el fin de semana y algo haremos', le dijo a su hijo por teléfono, 'ahora pásame a tu madre'.
'Dime'
'Nada, no tengo nada que decirte, sólo que seas puntual el sábado'.

Ella llegó tarde el sábado, como todos los putos sábados. Los sábados eran su arma para cabrearle; siempre tenía un sábado dispuesto en la recámara.

'Mañana sé puntual', le dijo ella al entregarle a su hijo.

El domingo fue él quien se retrasó, como todos los putos domingos. Los domingos eran su arma para sacarla de quicio; siempre tenía un domingo preparado para disparar.

'Eres un cabrón', le dijo el domingo en la puerta de su casa a modo de despedida.
'Te veo en quince días, cariño', se despidió él de su hijo antes de disolverse entre el tráfico de la avenida.

Al día siguiente, lunes, los dos se levantaron a la hora de siempre, las 7:40 de la mañana, y no llegaron ni un segundo tarde a su despacho. Puntuales.

jueves, 20 de octubre de 2011

MENSAJES SMS


El otro día me llegó un mensaje extraño a mi móvil. Alguien me pedía perdón y una nueva oportunidad. Contesté con otro mensaje advirtiendo que había tecleado un número erróneo, pero que si la hacía sentirse mejor, yo la perdonaba. Me imaginé que era mujer para sentirme más cómodo. Me contestó preguntando quién era yo. Entonces decidí llamar. Efectivamente era mujer, de Bilbao. Hablamos un buen rato y al final, después de media hora, me preguntó si debía pedirle otra oportunidad a su pareja. No pude evitar que saliera mi vena perversa y la aconsejé que no lo hiciera. 'A lo hecho, pecho'. Pobre, pareció entenderlo y lo acepto como si yo fuera su psicólogo.
Esta mañana he vuelto a recibir un mensaje suyo: "¿Te pilla muy lejos Bilbao?" Desconozco sus intenciones, pero voy a ignorar el asunto no vaya a ser que me quiera partir la cara.

martes, 18 de octubre de 2011

LA CICATRIZ DE LA CEJA


Tengo una cicatriz en forma de ele encima de la ceja. Cuando sonrío se marca un poco y me queda bien, me imprime carácter. No fue nada, digo siempre, todos los que hacemos deportes de riesgo sufrimos accidentes de vez en cuando. 
Suena bien, la verdad, aunque en realidad ocurrió hace veinte años, cuando mi hija pequeña tenía que hacerse un análisis de sangre. Me pidió que me quedara con ella agarradito de su mano. No debí mirar, lo sé, pero lo hice, y me caí de cara, dándome con el canto de la mesa. Al despertar rodeado de enfermeras creí que me había muerto.

lunes, 17 de octubre de 2011

SOLILOQUIO EN BLANCO Y NEGRO, Anne Fatosme. (PÁRRAFOS)



Surges a mi lado, te abrazo. No siento ni el calor de tu cuerpo ni la lluvia que fluye. La película se atasca. De nosotros, sólo quedan puntos pixelados y el zumbido de la nevera mal calzada.

Soliloquio en blanco y negro, Anne Fatosme. Visión Libros 2011

domingo, 16 de octubre de 2011

eBay

   Dice que soy un maniático. Lo que creo es que ella desconoce lo que es eBay. Se lo he intentado explicar un montón de veces pero nunca quiere escucharme. En la demanda de divorcio asegura textualmente que soy un 'comprador compulsivo'. Pues no sé, la verdad, a lo mejor lo dice por mi colección de cascos de guerra. ¿Y qué le voy a hacer si me gustan los cascos de guerra? Dice que la estoy dejando sin sitio en casa. ¿Y para qué lo quiere?, ¿para poner sus búhos de porcelana? No sé aún si voy a firmar. Puede que mi matrimonio valga más que la colección pero cuando veo los cascos ahí colocados, reconozco que me transmiten más que ella. El abogado me ha dicho que la oferta es buena: "o los cascos o yo".
  Tengo que tomar la decisión. Mi mujer ha salido para que lo medite tranquilamente. En fin, tal vez acepte. Sólo tengo la duda de si mi última puja es más alta que la de ése australiano que siempre trata de quitarme mis objetivos, un tal John T. Travis, al que por lo visto no le ponen objeciones con 'sus cosas'. 
   Bueno, está bien, firmaré... pero juro que luego me saco un billete para Sidney. Me va a oír ése tío.

martes, 11 de octubre de 2011

EL MAPA Y EL TERRITORIO, Michel Houellebecq (Párrafos)



Jed había podido elegir uno de los palacios instalados en las orillas del lago, el Widder o el Baur au Lac, pero sintió que le costaría soportar un lujo excesivo. Se decantó por un hotel cercano al aeropuerto, grande y funcional, situado en el territorio del municipio de Glattbrugg. Por otra parte, era también bastante caro y parecía muy confortable; pero ¿existían hoteles baratos en Suiza? ¿Hoteles incómodos?
   Llegó hacia las diez de la noche, hacía un frío glacial pero su habitación era cómoda y acogedora, a pesar de la fachada siniestra del establecimiento. El restaurante del hotel acababa de cerrar; examinó durante un rato la carta del room service y cayó en la cuenta de que no tenía hambre, que hasta se sentía incapaz de ingerir algo. Pensó un momento en ver una película porno, pero se durmió antes de haber conseguido comprender el funcionamiento del pay per view.

El mapa y el territorio, Michel Houellebecq, Ed. Anagrama 2011

domingo, 9 de octubre de 2011

LA FELICIDAD ENGAÑOSA

Por temor a ensombrecer las conversaciones, aquel matrimonio se había comprometido a hablar sólo de la cara agradable de la vida. Fuera de casa dejaban sus tensiones en el trabajo y sus malas experiencias con los demás. No tenían hijos, de modo que al llegar las noches, cuando se sentaban a cenar, lo hacían sólo en compañía del telediario, pero no comentaban las malas noticias porque pensaban que si lo hicieran, romperían el encanto. Decían ser felices, y de hecho lo parecían, aunque hubieran renunciado a la otra cara de la realidad. Su mundo era ficticio, tanto que sólo ellos se lo creían. Poco a poco los amigos les fueron dejando de lado por falta de comunicación, aunque no les importó por creerse autosuficientes. Terminaron por no levantar jamás las persianas ni dejar que el aire entrara por las ventanas. Con el tiempo, un médico les declaró incapaces para el trabajo y decidieron encerrarse en casa con su realidad edulcorada y su engañosa felicidad.
Son mis vecinos de arriba. Hoy he visto como los bomberos derribaban su puerta para dejar pasar al SAMUR. Después ha llegado un señor con cara de fluorescente, creo que era un juez, y luego un cura en vaqueros.

miércoles, 5 de octubre de 2011

LOS APELLIDOS

                                              ...lo de aquí, Uganda..., lo de allí, el Congo...,
                                          en medio, el Nilo... atardeciendo... y no sé qué hacer...


Soy entomólogo. Llevo veinte años viviendo en Uganda estudiando los insectos de la zona. Hace unos meses,  en una charca, conseguí algo inesperado:  hallé una nueva especie de coleóptero, una variedad nunca hasta ahora descubierta. Llevo semanas recibiendo mensajes de científicos de todo el mundo felicitándome por mi hallazgo. Hoy por fin se me ha reconocido a nivel mundial, y me han dado la posibilidad de ponerle mi nombre al descubrimiento. Estoy desolado. No sé qué hacer. Lo normal es que le ponga mis apellidos, pero tengo dudas. Mi mujer dice que me anime, que da igual. En fin, quiero que sepan que si sus hijos estudian algún día al coleóptero Pérez García, lo descubrí yo. Lo siento.

martes, 4 de octubre de 2011

DIARIO DE UN PRESO

4 de octubre de 2011. 
19:00 horas

La culpa de todo la tiene el Monopoly. Ya apuntaba maneras desde pequeña. Parecía que disfrutaba desplumándome, viéndome cómo me arrastraba hasta la Banca para pedir que me dieran un crédito. El asunto de las estaciones salió mal y todo empezó a 'fundirse a negro'. Después, ya en quiebra técnica, medio regalé mis propiedades, mientras ella, amasando cada vez más dinero, se pasaba el día en el notario poniendo escrituras a su nombre. Tampoco tuve suerte en las cartas. Perdí todo, tan sólo me quedaba la casa del Paseo del Prado, la más cara de todo el tablero, pero la cabrona nunca caía en ella. Una vez tras otra saltaba por encima con la gracia de una feliz gacela. Y yo allí, con cara de gilipollas, mirando el brillo de sus anillos al tirar los dados, arrepintiéndome de haberme casado con ella. Mi último billete se lo llevó una multa por conducir borracho. Te compro la casa, me dijo, tendiéndome un fajo de billetes. Valoré la situación: miré el dinero, luego la casa, después otra vez el dinero. Lo cogí con desgana. Vi, apenas conteniendo las lágrimas, como tiraba la casa para levantar un hotel. Fue superior a mis fuerzas. Me levanté y la hice tragarse todo el montante que aún mantenía en la mano. 
Me denunció. Ahora estoy aquí encerrado, a la espera de juicio. Conociendo mis antecedentes, mi compañero de celda se niega a jugar a nada. Y yo me aburro.

domingo, 2 de octubre de 2011

RAFAEL CAUNEDO

El otro día conocí a Rafael Caunedo. Me lo presentó un amigo común en una cena que compartimos. Es más alto de lo que parece en las fotos, menos cabezón, y la barba, de cerca, le queda definitivamente mal. Parece tener criterio a la hora de elegir ropa. No es que fuera conjuntado, más bien iba armónico, monocromático diría yo, aburrido dijo mi mujer. Nuestro amigo común dice que a Caunedo le encanta ir de negro. En la cena me tocó sentarme a su lado. No es un portento en el arte de la conversación, la verdad, porque cada vez que encarrilábamos un tema, de pronto se ponía a hablar de otra cosa. Luego, sin motivo aparente, se quedaba unos segundos con la mirada perdida mirando no se sabe dónde. Un tipo desconcertante, sí, aunque a veces resultaba gracioso. Quiso al instante que le llamara Rafa; lo de Rafael, dijo, lo dejo para la residencia. Le pregunté por sus libros y tan sólo me dijo 'ahí están', para después hablar del arroz con bogavante. Al cuarto vino sacó el tema de los chinos. Por lo visto está obsesionado con ellos. Fueron los minutos más divertidos. Está casado. Por cierto, que su mujer andaba por allí también, una morena muy alta, de pelo negro rizado y muy guapa con la que me quedé con ganas de hablar. A Caunedo, Rafa, parece que le gusta comer, a juzgar por la agilidad en el manejo de los cubiertos. Come tan rápido que genera ansiedad en la mesa. Dice adorar el pescado pero pidió carne, un chuletón de ochocientos gramos. Habla bajito, pero con gravedad. Me dijo que odia las carcajadas porque le suenan a falsedad, que él se inclina más por la sonrisa franca sin estridencias. Parece un hombre tranquilo, de gustos simples. Se enrolló hablando de la soledad, tema del que parece dominar con soltura. Le pregunté entonces por su nueva novela. 'Va muy bien, gracias. ¿Has visto la nueva de Malick?' De la literatura al cine y después a la música en un vertiginoso salto mortal. Reconoce no entender. Me contó que su instrumento favorito es el piano siempre y cuando no esté Milt Jackson tocando el vibráfono por ahí. Estuve más de dos horas hablando con él y me volví a casa sin saber nada de su vida, en cambio, me sacó todo lo que quiso de la mía. Es un artista evadiéndose de las preguntas. En fin, tendré que leer sus libros para conocerle. Me dijo que tenía un blog, pero que todo lo que contaba allí era mentira.

martes, 27 de septiembre de 2011

REFLEXIÓN ANTE UN VINO CALIENTE


Era un vino bueno, pero estaba caliente. Nadie había reparado en la posibilidad de que la galería no tuviera nevera para refrescarlo. Claro que, eso era lo de menos, a nadie parecía importarle. A mí, la verdad, un poco.
Era la inauguración de la nueva exposición de Celia F., mi ex novia, una 'bohemia burguesa' con la que ya sólo me unen lazos profesionales. Nos llevamos a matar, pero ella dice que soy genial en lo mío y yo  doy fe que ella tiene futuro en esto del arte. Marchante y artista, combinación explosiva. Cuando nos vemos, nunca hablamos de aquellos años en los que tanto nos peleábamos, tan sólo ahora nos acostamos a veces para mantener en forma nuestros egos. La culpa no fue suya; pero tampoco mía. Vivimos tres meses en su estudio, y la cosa no cuajó. Nuestros amigos hacen apuestas. Dicen que vamos a volver. Es posible, aunque creo que las dos ya nos hemos cansado de esto de la homosexualidad. He conocido a un guionista que me está apeteciendo probar.
En fin, no sé, ya veremos.

domingo, 25 de septiembre de 2011

SUEÑOS ASOCIADOS

Eran las diez de la mañana del domingo y se despertaron haciendo el amor. Después, en ese sopor post coitum tan placentero, volvieron a dormirse. Él soñó que regresaba a París; y ella que le seguía. Los niños entraron entonces en la habitación y empezaron a saltar sobre la cama exigiendo el desayuno. Luego, aun en penumbra, una vez la paz había vuelto a la habitación, ella se levantó primero, y antes de salir le preguntó: "¿desde cuando la conoces?"

miércoles, 21 de septiembre de 2011

PUBLICIDAD DE MOVISTAR

Gerardo y Laura forman una pareja estupenda. Tienen buena planta y gusto atinado en el vestir. Como ahora mismo se les puede ver en la calle Serrano, suelen ir de la mano, cogidos igual que cuando eran novios, Rolex con Rolex. Lucen un buen bronceado después de sus vacaciones por la Toscana. A Laura le resaltan las perlas de su collar con el fondo tostado de su prudente escote. Ella le dice algo a él, y luego sonríen. Se percibe la compenetración después de veinte años de matrimonio. No tienen problemas. La salud les respeta y los negocios van mejor que bien. Sus hijos están estudiando en Estados Unidos y dos veces al año les suelen visitar. Se quieren, eso se nota. Ella le quita una miguita de la camisa. Se han parado en el escaparate de una joyería. Seguramente Gerardo está valorando la posibilidad de regalarla alguna pieza. Da gusto verles, allí plantados frente al escaparate cogidos de la mano y con la mirada teñida de oro blanco.
Así están cuando el móvil de Laura recibe un mensaje: "...dile que se te ha olvidado algo en la oficina. Te espero en el despacho. Te echo de menos..."
   — ¿Quién es? —pregunta Gerardo distraído.
   — Nada, nada, publicidad de MoviStar.

lunes, 19 de septiembre de 2011

CORRESPONDENCIA PERSONAL

Un día, cansado como estaba de no recibir noticias suyas, me escribí una carta a mí mismo como si me la mandara ella. A los tres días ya la tenía en el buzón. Me decía que estaba muy bien, que seguía de viaje por Sudamérica y que no tenía muy claro cuando volvería. Recuerdo haberla escrito sentado en la hierba apoyado en mis rodillas, por eso había palabras que ni yo mismo entendía. Terminé de leer y me enfadé con ella por no darme fechas concretas, de modo que me volví a escribir. Ahora estoy en la Patagonia y vuelvo el mes que viene.
Por fin, en una tercera carta, me cité en el aeropuerto de Barajas, a las 00:20 horas del 17 de abril, es decir, ayer. Llegué nervioso para pedirla disculpas nada más verla, pero no apareció.
Creo que esta ha sido la mejor manera para convencerme de que hace cuatro años que me dejó.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

EL DIARIO

Hace años quise escribir un diario, pero al leerlo me di cuenta de que mi vida era muy aburrida. Así que cambié de vida. No creas, sigo yendo a la misma oficina, tengo el mismo jefe y mi señora, para mi desgracia, persiste en vivir conmigo. Lo que hice fue inventarme una, o sea, escribir en un diario lo que me gustaría hacer, no lo que hago. Mi psiquiatra dice que eso genera frustración. Claro, lo dice él que nunca ha desayunado en la cama con Cate Blanchett. Mira que se lo digo: "doctor, que se va a volver loco de la vida que lleva". El pobre no hace más que recetarme pastillas. Si se enterara lo que hago con ellas... Lo que me joroba del diario es no tener mesa dónde apoyarme para escribir. Esta habitación, tan mullida y blandita es muy sosa. Hoy he quedado con Armani para que me la redecore. Giorgio y yo somos íntimos ¿sabes?... ya desde el colegio fumábamos juntos en el baño.

domingo, 11 de septiembre de 2011

EL APÓSTOL

Cuando le vi allí sentado pensé que era un apóstol. Mi ruta había llegado al final, como mis fuerzas. Ya no podía subir más, era la cima, incluso desde arriba podía ver el mar de nubes allá abajo. Eran los Picos de Europa, y sentado en una roca, fumando y rascándose la cabeza, vi un apóstol. 
Era un pastor, un pastor de cabras, no de los otros. Dijo llamarse Severino. Me senté a su lado y me pasó la bota de vino sin decirme nada. Por lo visto vive allí, en las montañas, y cuando digo montañas, digo arriba en las montañas, allí dónde no hay más caminos que los que hace el ganado. Él lo llama aldea, pero en realidad es una casa y una cuadra. Sólo vivimos dos vecinos, me dijo, yo y éste. Una manta de pelo que dormitaba por allí no se dio por aludido. Me ofreció un cigarro y a punto estuve de cogerlo. Tan a gusto estaba que no me dio miedo echar por tierra casi veinte años de abstinencia. Pero es que aquel cigarro era un prodigio, liado con tal maestría que bien podría ser la envidia de cualquier novato de Malasaña.
Hablamos un buen rato. No me hubiera importado poner la excusa de la falta de luz para quedarme en su casa a pasar la noche, pero tampoco era para preocupar a la familia. Allí arriba, sin cobertura..., ya me imaginaba a la Guardia Civil subiendo en helicóptero. Quita, quita.
Antes de bajarme me dio un trozo de hogaza, una cuña de queso, cecina y me enseñó dónde coger agua de un manantial. Recuerdo aún lo que me contó de su abuelo. Era costumbre de las montañas, que el abuelo plantara cuatro castaños cada vez que nacía un nieto. Le pregunté la razón de aquello. "Esas serán las cuatro vigas que sustentarán su casa el día de mañana", me aclaró. Después de eso me bajé a mi mundo.

Ya en Madrid, ayer mismo, celebré en casa la cena del fin del verano. Vino mi padre. Se presentó con una botella de vino para nosotros y con un regalo para sus nietas, mis hijas. Las traía un juego de la Wii a cada una. Le conté entonces lo de Severino. "Vamos a tener que educar a nuestros abuelos", le dije, aunque en realidad sólo pensaba que podríamos estar criando monstruos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

EL POST-IT


Cuando llegó a casa, había un post-it pegado en el mueble chino del salón. Se acercó mientras se quitaba la corbata, pensando que su mujer habría salido a cenar con sus amigas. Últimamente lo hacía mucho. Confundido, comprobó que el post-it estaba en blanco, era un mensaje vacío, tan vacío como encontró el vestidor y la mitad de las librerías. 

lunes, 5 de septiembre de 2011

LA VOLTERETA LATERAL


Sólo la dije que hiciera el mono. Se le da bien hacerlo. Ha salido a su padre, aunque él nunca supo hacer la voltereta lateral. Una vez de niño, haciendo el pino, me dejé un diente al lado de una margarita. Desde entonces prefiero el ajedrez.

viernes, 2 de septiembre de 2011

SENECTUD


Ha ocurrido esta mañana. Estaba leyendo el periódico en el jardín, sentado en mi butaca de siempre, descalzo bajo la sombra del haya, lo más alejado de la piscina donde gritaban mis nietos. Mi mujer salió de la casa con una bandeja y dos vasos de zumo. Sus manos artríticas y su paso inestable podrían haber dado con el aperitivo en el suelo. Llegó a mi lado y entonces hizo la maldita pregunta: "¿De qué te ríes?"
Me quedé un poco parado con el ademán de coger el zumo a medio camino. Desconcertado, inventé una excusa. "Me he acordado de algo gracioso". 
No sé qué me está pasando , la verdad, pero últimamente creo que algo está fallando. Llevo unas semanas dándome cuenta de que se me olvidan algunas palabras tan sencillas como "salmorejo". Ayer, sin ir más lejos, pedí a Virtudes que me preparara eso que me gusta tanto en verano. Salmorejo, salmorejo, me repetí después para no volver a olvidarlo. El caso es que después se me olvidará otra cosa. No sé, estoy muy torpe y tengo lagunas. No quiero decírselo a mi mujer porque se preocuparía. A mis hijos tampoco porque me propondrían otra vez el dichoso tema de la residencia de Biarritz.
¿Que de qué me río?...., pues no tengo la menor idea. Es triste. ¿De verdad me estaba riendo? Seré bobo. Hacerse viejo es horroroso y no hay nada peor que percatarte de ello. ¿Pero de qué coño me reiría?
Lo peor de todo es que cuando me tomé el zumo ésta mañana en el jardín, me di cuenta de que llevaba dos horas leyendo el periódico sin las gafas de leer. 

lunes, 22 de agosto de 2011

EL ANILLO


I. G. volvía en el AVE de regreso a Madrid después de haber pasado el día con su amante. Miraba distraído la estela de los árboles mientras jugueteaba con su alianza sobre la mesa. La sujetaba vertical con un dedo y la golpeaba suavemente con otro para hacerla girar. Después, tanteando con la palma, la buscaba abstraído hasta que la encontraba. Los tres pasajeros que compartían la mesa miraban los destellos del oro, todos en silencio, ejecutivos como él. Se acordaban de sus mujeres y se las imaginaban girando como esa alianza, bailarinas sin acompañante. Pero a I. G. le pudo el impulso y, con demasiada fuerza en el golpeo, la alianza cayó y fue rodando por el pasillo. Ninguno de los cuatro hombres se movió. Se miraron entre ellos pero no se levantaron. De pronto oyeron tres filas más atrás a una azafata: "¿es suyo éste anillo?... ¿es suyo éste anillo?" Los ejecutivos se observaron cómplices mientras la azafata llegaba. Por fin se puso a su altura y preguntó: ¿es de alguno de ustedes éste anillo? Se miraron, pero los cuatro negaron en silencio.

lunes, 15 de agosto de 2011

SU DESTINO, GRACIAS

Hace un rato, el GPS de mi coche me ha pedido DESTINO. En un ataque de abandono total, he escrito: "llévame dónde te salga de los huevos". Ha hecho los cálculos pertinentes y me ha advertido que tardaremos treinta y tres minutos en llegar.... y me he dejado llevar.
Gire a la derecha. En la rotonda, tome la tercera salida. Sitúese a la izquierda. Siga ese camino sin asfaltar. Salude al paisano. Gire detrás de aquella vaca y suba bordeando los prados. ¿Ve usted aquel acantilado?... Pues todo suyo.
Y aquí estoy, con el coche en marcha apuntando hacia el mar a ciento veinte metros de altura. Está atardeciendo y Leonard Cohen suena en la radio.
Ánimo..., en diez metros ha llegado a su destino.

martes, 9 de agosto de 2011

PARAR CON MAYÚSCULAS

Ayer me dio por andar de espaldas. Es incómodo, sí, pero en vacaciones me tranquiliza no mirar hacia delante. De vez en cuando me he girado para comprobar si el precipicio sigue lejos. He conocido a Gimena con G, una chica estupenda que mira al mundo al revés, boca abajo. Nos hemos hecho amigos. Ella me avisa de cualquier obstáculo que se pueda poner en mi camino, y yo le chivo si alguien nos sigue. Por lo visto ha robado un banco y la persigue medio Madrid. Andando, se nos ha acabado el país y hemos llegado al mar. Por fin me he dado la vuelta y nos hemos sentado sobre el tapón de la bañera.. A lo lejos hemos visto un barco y una isla. La isla se ha ido y el barco permanece varado. Hoy, aquí pescando sin sedal, he decidido Parar con P mayúscula. Gimena con G ha dejado de hacer el pino y ya no se le baja la sangre a la cabeza. Hemos hecho una fogata con papel timbrado y hemos decidido soñar un cuarto de hora. Después, cuando nos hemos dormido, hemos pensado en blanco. Al despertar, la isla ha venido a buscarnos. Os dejo, dicen que allí el  wifi está mal visto... 

sábado, 6 de agosto de 2011

HELMUT, según Alicia Huerta



Helmut, de Rafael Caunedo: paseo por una obsesión 

Alicia Huerta, periodista y escritora, EL IMPARCIAL, agosto 2011.

El verano, con o sin escapada fuera de la ciudad, es sin duda el periodo en el que muchos aprovechan para leer las novelas que, por desgracia, llevan durante meses acompañando desde la mesilla sus escasas horas de sueño y los nerviosos amaneceres en los que uno se levanta ya angustiado, con la mente convertida en una interminable lista de las cosas que ese día toca hacer. Algunos de esos libros están en casa desde Navidad, época en la que llegaron envueltos en brillante papel de regalo, y hasta ahora no se había encontrado el instante de abrir con curiosidad la portada para dar paso a ese otro mundo que, de repente y durante una temporada, se mezclara con nuestra realidad. Pocos momentos hay tan placenteros como los transcurridos en una terraza, cerca o lejos del mar, en un jardín bajo la fluctuante sombra de un árbol o en el sofá cerca del ventilador, sujetando un libro entre las manos dispuestos a dejarnos llevar por la historia de unos personajes a los que estamos a punto de conocer.

La magia que encierran algunos libros es poderosamente contagiosa. El autor nos introduce en un universo que sólo existe en su mente y las horas que vivimos a través de la ficción se convierten en horas que formarán parte para siempre de nuestra propia existencia. Por eso, a veces, los libros que recibimos como regalos de Navidad, de cumpleaños o porque sí, no colman la individual necesidad de evadirse a través de unas líneas que nos interesen, nos conmuevan, nos inviten a pensar. Y, así, el momento de acercarse personalmente a una librería para escoger los libros que nos acompañarán durante los días de vacaciones, aquellos para los que habrá que reservar un sitio en la maleta, debería de convertirse en una acción meditada, casi trascendental.
¿A quién me llevo yo este verano? ¿Qué historia se solapará con las experiencias calurosas que viviré durante la única época del año en la que por fin nos atrevemos a relajarnos? No, no creo que una elección de este tipo pueda parecerse a la de caminar empujando un carrito por los fríos pasillos de un hipermercado. Como tampoco creo que sirva limitarse a echar un ojo a las listas de los diez más leídos, que, en todo caso, sólo se trata de los diez más comprados.
Es cierto que muchos piensan que leer en diagonal la sinopsis que aparece en la contraportada no es la solución, pero, a veces, resulta incluso más inspirador que hacer caso a las recomendaciones. Como esta misma. Y, sin embargo, por primera vez no he sido capaz de resistirme a hacer una sugerencia. La segunda novela de Rafael Caunedo, titulada Helmut, es uno de esos impecables libros que llegan cargados de magia y te hacen vivir momentos intensos y de todos los colores. Amor, abandono, entusiasmo, pasión, incertidumbre, muerte, obsesión.
De modo que, ocupando el mismo espacio que cualquier otro libro en tu equipaje, Helmut, o mejor dicho su autor, te asegura un rico abanico de personajes fantásticamente perfilados y tan reales que acabas por hacerles un hueco no ya en la maleta, sino en el apacible transcurrir de las anheladas vacaciones que siempre, duren lo que duren, nos parecen demasiado cortas. Más o menos igual que sientes que ocurre cuando llegas al final de la historia de Mauro, el joven obsesionado desde la infancia con Helmut Brandauer, escritor austriaco de enorme y exquisita personalidad, y electrizante motor que cambia, o quizás simplemente dirija al correspondiente puerto, la planeada vida del protagonista y de quienes le rodean.
Alicia Huerta, El Imparcial

viernes, 5 de agosto de 2011

CANTÁBRICO

España es un país de esos que llaman mediterráneos. Me he puesto a pensar si yo mismo lo soy. Ser mediterráneo supone sol, luz y atardeceres naranjas. Entonces va a ser que sí soy. Hablan de que la idiosincrasia   del prototipo mediterráneo esta basada en la fiesta, la familia, la buena vida y la famosa dieta. Entonces..., oye, que sí, que soy mediterráneo. Es verdad que no me imagino a un noruego en su casa de Oslo durmiendo a las cuatro de la tarde debajo de un manzano. En cambio, yo  no sé hacer otra cosa. Vale, sí, debo ser mediterráneo. 
Pero claro, me da por mirar a la ventana y veo los Picos de Europa con un una niebla tan sugerente como maravillosa allá en lo alto. Bueno, sí, en el Mediterráneo también hay días grises... pero no como éste. No sé, lo veo distinto, y el atardecer no es naranja. 
Y ahora, aquí delante de un plato de fabada que se me están saltando las lágrimas... ¿soy mediterráneo si después me pido cabrito a la miel y arroz con leche? 
He estado caminando toda la mañana por acantilados donde el estruendo de las olas y la bravura del mar hacen que la tierra respire por sus poros. No hay barcos, hoy no han podido salir a faenar. Esto es el Cantábrico. Y soy feliz a su lado. 
Me reconozco más cantábrico que mediterráneo. Eso no es bueno ni malo; tal vez sólo se trate de un tema sentimental, o simplemente sea pura conexión vital, pero la paz de este mar no la encuentro en ningún otro sitio.

jueves, 28 de julio de 2011

EL HOMOSEXUAL

En la panda del colegio había un homosexual. Lo sabíamos todos menos él. No había que ser muy avispado para darse cuenta, pero él negaba la evidencia. Su padre, que ya le tenía asignado un futuro de acuerdo a su criterio, le hubiera matado. Fue el último en tener novia, pero la tuvo, aunque sólo para guardar las apariencias. Un día, el resto del grupo quedamos para hablar del tema y sacarle del armario. No llegamos a ninguna conclusión, nadie quiso dar el paso. Algo tan personal debe afrontarse solo, dijo uno. No sé, tal vez no, a lo mejor sería aconsejable que le diéramos un empujoncito. Pero no, no lo hicimos, y un día nos llegó su invitación de boda. Fuimos todos con la esperanza de que recapacitara en el último momento. En el altar de los Jerónimos dijo "sí, quiero". Sólo le creyeron su mujer y los compañeros de partido, con su dirigente nacional a la cabeza. Nosotros sabíamos que aquello era una farsa y no hicimos nada. Hoy, cada vez que lo veo en el periódico o en el telediario no puedo por menos que arrepentirme de no haberlo intentado.

miércoles, 20 de julio de 2011

DIARIO DE UN NORUEGO

La semana pasada me compré unas sandalias porque quiero ser noruego. Ayer las estrené junto a un resplandeciente par de calcetines de tenis. Al mirarme en el espejo, me di cuenta de que me faltaba algo. Le pedí entonces a mi vecino uno de esos bermudas de cuadros con los que juega al golf. Después me compré una camiseta con el toro de Osborne y, de remate, un sombrero panamá y una cámara de fotos marcando paquete en el bolsillo del pantalón. Ya soy noruego, pensé, así que me fui a una oficina de información para darme una vuelta por Madrid.

Martes, 19 de julio  
La primero que he hecho es levantarme tarde. Ahora entiendo eso de que el desayuno lo den en el hotel hasta las once nada menos. He bajado a las once menos cinco para darme el gustazo. Eso sí, con un hambre vikinga. El resto de noruegos han invadido el comedor como  hicieron nuestros ancestros en media Europa hace unos siglos. Luego he salido del hotel atiborrado de bollos y fruta. El salmón lo he dejado para Oslo. En la calle me  he dado cuenta de que me brillaban las canillas. Las tengo blancurrias como buen noruego y a la media hora ya me escocían las rodillas. De ese guisa he ido al Prado, he aguantado hora y cuarto de cola y he conocido a un danés. Hemos visto juntos el museo. Ha sido una visita rápida, de compromiso más bien, porque los dos estábamos deseando ir a otro museo, el del jamón, para conocer eso que llaman "tapas". Después hemos paseado por el centro, esquivando gente y estatuas vivientes. En Oslo, las estatuas viviente sólo tienen un par de meses de trabajo, el resto son esculturas de hielo. Me he sentado en una terraza de la plaza mayor. Es curioso, pero no había madrileños por ningún lado. Me pedí una cerveza: siete euros sin tapa. En el mercado de San Miguel he pedido un vino a gritos y el camarero lo ha vuelto a repetir pero gritando aún más. Ya con hambre, me he metido un plato de paella sentado a pleno sol en una acera en la que los autobuses pasaban a cincuenta centímetros de mi silla. El calor me estaba matando de modo que me fui al hotel a hacer eso que llaman siesta. Esta gente come a las tres y luego se duerme. No lo entendía hasta que, al tumbarme con el aire acondicionado, me he quedado frito hasta las seis. Luego he salido a los 38 grados de la calle, que más o menos es la temperatura en que se licúa el alquitrán. Después, el guía nos ha llevado a una plaza de toros. Nos han sentado en un banco de hormigón con una almohadilla y un cucurucho de cacahuetes. Al segundo toro, a punto de vomitar la paella, me he separado del grupo y me he ido. He cenado solo en una terraza dónde nadie hablaba español. Es curioso que aquí todo lo hacen en la calle. Tengo la sensación de que me he pasado el día comiendo y durmiendo. Son las doce de la noche y no tengo sueño. Esta gente está saliendo ahora de casa. Estoy contento pero desorientado porque no sé si las pipas que me han puesto con la sangría son para comer o para plantar. En fin, mañana sigo.

viernes, 15 de julio de 2011

EL BURRO

Cuando yo era niño, monté una vez en burro. Pasaba unos días en la casa de la familia de un amigo de clase. Sólo lo he hecho una vez, y ya. El abuelo de mi amigo me invitó a hacerlo. Me alzó y me dejó allí, con las piernecillas colgando. Yo creía que los burros iban con silla, como los caballos en el oeste, pero descubrí que no, sin silla ni riendas. Era muy tímido así que no pregunté dónde se agarraba uno. Pobre burro, pensé, pero no me queda más remedio que cogerme de sus pelos, que no crines, sino pelos, duros, ásperos y apelmazados. El abuelo de mi amigo hizo un ruido con la boca y aquello empezó a moverse. Él iba a mi lado, lo que no me tranquilizaba nada porque el burro no hacía más que mirarle, como si quisiera encontrar el momento para escaparse. Y justo así fue. El abuelo se quedó hablando con un vecino y el burro siguió su camino por las calles del pueblo. Me quedé solo con aquel animal que se negaba a obedecerme. Claro que, mis órdenes no debían ser las apropiadas. Para, bonito, para. Y allí iba yo, por en medio del pueblo, como en procesión, agarrado lo más fuerte que podía y recibiendo la mirada de todos con cuanto me cruzaba. Casi todos se reían. El burro abandonó la avenida principal y se metió por callejuelas. Yo, desesperado, le pedía que se parara, pero nada. Por fin llegó a un corral que estaba abierto. Se metió y se puso a comer tan tranquilo. Y allí me quedé yo, mirando como el puñetero burro daba buena cuenta de la huerta de un vecino. Una hora y media después, llegó mi amigo con su abuelo, tan tranquilos. Me bajaron como pudieron. Tenía el culo hecho una pena y, para colmo, vomité por insolación. Desde entonces, veo un burro y me pongo malo.

jueves, 14 de julio de 2011

PASTILLERO

J.P. se compró un pastillero en un anticuario de Praga. Simplemente le pareció bonito. Empezaba la primavera y, al llegar a Madrid, metió la única pastilla que necesitaba, el antiestamínico para la alergia al polen. El caso es que empezó a notar que le daban sueño, por lo que metió una pastilla para estar despierto. Esa pastilla tenía una contraindicación importante, daba apetito, un hambre voraz, por lo que tuvo que meter una pastilla para quitar grasa. Estaba engordando un montón, lo que le irritaba, entonces decidió meter otra pastilla para bajar la tensión. Llegaba a casa tirado por los suelos. Su mujer, más entera que él, le pedía un esfuerzo horizontal, pero nada. Al día siguiente, metió viagra, un estímulo que le ayudaba en la cama pero le agotaba en el trabajo. Metió entonces un complejo vitamínico para animarse, pero tanto se animó que le dio un infarto. Ahora toma veintitrés pastillas. Dice que es feliz, pero no me lo creo.

UN TIPO PECULIAR



Helmut Brandauer era un tipo peculiar. Un escritor que, de haber existido, me hubiera gustado conocer, hasta emular, llegar incluso a disolverme en su esencia. Lástima que sólo sea un espejismo, aunque de puro imaginarlo, es como si estuviera aquí sentado, junto a mí. Disfruté mucho escribiendo este libro a su lado. Me caía bien. Tuve que matarle, eso sí, para más gloria de su espíritu, y así poder tener la excusa de escribir sobre él. Muchas de sus virtudes son mis defectos, pero en él quedan bien y resultan hasta magnéticos. Yo lo idolatro hasta un punto ignominioso del que no me queda más remedio que reconocerlo con resignación. He visitado su casa imaginaria, su pueblo austriaco inventado y hasta su tumba vacía, esa que es tangible como un sueño. Le he llegado a querer y desde aquí, siempre que puedo, hablo de él. Hoy me apetecía hacerlo una vez más, así que le he pedido que nos mande algunas de sus palabras desde el limbo. Como veréis, no tenía en buena estima a ese mundo intelectual del que él, sin quererlo, formaba parte.
* * *
"No hay persona más repulsiva que un artista, un así llamado intelectual, incluidos los escritores. Los escritores suponen la degradación del género humano por cuanto su vanidad les rebosa y les rebasa hasta convertirles en seres repulsivos, vomitivos. Un escritor sólo se escucha a sí mismo, es incapaz de valorar el trabajo ajeno, suelen ser rencorosos y me hacen sentir bochorno cuando les oigo hablar. No puedo imaginarme compartir mesa con cualquiera de ellos, ya me duele la cabeza con sólo pensarlo. Son personas seguras de sí mismas y yo odio a las personas seguras de sí mismas. Odio a los que se dicen dotados con perfil de liderazgo. Odio a los cabecillas y sobre todo, odio a las personas que dicen no tener pelos en la lengua porque tarde o temprano te clavarán un cuchillo por la espalda. Teme a aquel que diga que va con la verdad por delante porque algún día terminará por mentirte. Odio a los que van de sinceros, a los escritores que caminan un metro por encima del resto de los mortales. No soporto a los escritores, esos que se dicen intelectuales y que se creen que su opinión nos importa, cuando en realidad nos interesa un carajo. Me dan asco". HELMUT BRANDAUER

   * * *

martes, 12 de julio de 2011

EL BLOG

Cuando Willy Wilder estaba viendo un partido de fútbol americano, un jugador, incapaz de frenar su carrera, se llevó por delante a un pacífico cámara que retransmitía el evento en directo. Ese hecho, lo que para todo el mundo no fue más que un motivo de carcajada, fue para Willy Wilder el chispazo de salida para que su imaginación creara el guión de "En bandeja de plata". Ya no hubo partido, nada más, sólo  fabulación.
Pues bien, eso, salvando las distancias, claro, es lo que me pasa a mí a diario. Cuando voy andando por la calle, todo lo que me encuentro son principios de historias. Antes, las almacenaba en la cabeza y con el tiempo se perdían, o como mucho, las anotaba en las miles de hojas sueltas que andan por mis mesas. Pero desde hace unos meses algo ha cambiado en mi proceder. Fue que se me ocurrió, a eso de finales de febrero (total, cuatro meses y medio) abrirme un blog para ver qué pasaba. Lo hice como sistema descompresor y liberador de la imaginación. Mi amiga Anne dice que soy un soñador, pero yo creo que tengo un mundo paralelo en el que me gusta esconderme más a menudo de lo que debería. Busco refugio en la ficción y no lo puedo evitar.
Por eso, cuando veo que en tan sólo cuatro meses y medio, Mundo voluble ha recibido ocho mil visitas, me sorprende y me emociona. Espero que mi agradecimiento parezca tan real como lo es en verdad, porque de todo el blog (bueno, de casi todo), es lo único verdadero que he escrito.
Hoy estoy así. Un beso grande a todos.

lunes, 11 de julio de 2011

LAS PERVERSIONES

Parece mentira que por la tontería del bolígrafo esté hoy aquí, desnudo, con un capuchón en la cabeza.
Todos los días a la misma hora, hacía girar el bolígrafo sobre la mesa y dejaba que su punta me marcara el destino. Últimamente me pasaba algo curioso: siempre apuntaba al mismo sitio. La cosa era siempre igual. Iba al VIPS, pedía el desayuno continental mientras leía el periódico, y hacía girar el bolígrafo. Daba igual dónde me hubiera sentado, en mesa o en barra baja, el caso es que su punta se dirigía siempre al mismo objetivo: la cajera. No sé, sería una señal del más allá o una revelación extraterrestre, me daba igual, pero no podía impedir que mi cabeza fabulara sobre las mil y una razones de aquel presagio.
Algo estaba claro: tenía que hablar con ella. Después de tantos desayunos ya teníamos cierta confianza, así que un día me atreví a ser más hablador. ¿Sabes que mi bolígrafo te señala todos los días? Dicho así, en frío, hizo que la cajera desconfiara de mi cordura. Le traté de explicar la estupidez y le hizo gracia. Quedamos al salir del trabajo para tomar algo. 
Era muy simpática. Me contó que los fines de semana era cetrero, pero como eso no era negocio, tenía que buscarse la vida en otra cosa. ¿Cetrero?, ¿de verdad? , y bastó un mínimo interés por mi parte para que empezara a hablarme de halcones, aguiluchos, señuelos y plumas. Llevaba un capuchón de cuero en el llavero del coche. Se animó a hablar y a hablar y ya no paró hasta mi primer bostezo.
Comenzó así mi relación con un cetrero. Es buena chica, la verdad, si no fuera por esa manía suya de llevar al extremo sus pasiones. Le gusta hacer el amor sólo si yo llevo puesto un capuchón en la cabeza; y lo que más la excita es darme de comer carne cruda de su mano. Sólo llevo tres días haciéndolo y ya estoy descompuesto. A mí no me va este rollo pero ella está encantada. No sé si debería decirle la verdad o contarle algunas de mis perversiones para compensar. A lo mejor, esta noche, le digo lo de la profesora ninfómana.