domingo, 3 de diciembre de 2017

LLEGÓ EL DÍA

Cogió la botella por el cuello con la fuerza de un estrangulador fuera de sí y la guardó con rapidez para evitar tentaciones, soltándola dentro del armario como si le quemara en las manos. Se preparó un café doble estrujando la cápsula con más fuerza de la necesaria. Un olor agradable le reconfortó mientras miraba atontado como la taza se iba llenando. El café siempre estuvo de su parte. Volvió a mirar la hora. Las nueve y tres.
Se plantó frente al ventanal. La cucharilla sobre el plato tintineaba. El café estuvo a punto de derramarse antes de que diera el primer sorbo. Era incapaz de controlar aquel temblor, una especie de combinación entre ansiedad por beber e inquietud por lo que pudiera pasar a partir de esa mañana. Frente a él se extendía Barcelona. El día nacía y él se la jugaba. O todo o nada.
El director de comunicación de la editorial había propuesto aquel día para el lanzamiento y le pareció bien. Últimamente todo le parecía bien, como si fuera mejor no hacer cálculos ni especulaciones y dejar todo en manos del azar. ¿Qué más daba un día que otro? ¿Acaso todos los éxitos se han publicado el mismo día?
Sorbió café y se secó los labios con los dedos. Notó suave su barbilla. Se acababa de afeitar. Hacía meses que no lo hacía. Se acarició la cara mientras miraba la torre Glòries al fondo de un cuadro que, a pesar de ser su habitual paisaje, aquel día parecía nuevo para él. Sobrio, afeitado y disfrutando de la belleza del edificio de Nouvel que siempre le dejó indiferente. Todo podría cambiar; para bien o para mal. La moneda giraba en el aire. Sorbió un último trago y una gota de café le cayó en la corbata. Mal empezamos.

martes, 28 de noviembre de 2017

LA VENTANA



Me dirigí hacia la ventana para descorrer las deslucidas cortinas. Al hacerlo, vi tres moscas muertas en el alfeizar, patas arriba. Las imaginé confabulando para su suicidio. Me pregunté entonces cuánto tiempo podría yo vivir allí sin que se me pasara por la cabeza la idea de matarme. Me quedé plantado con el abrigo puesto, mirando como el cielo gris se confundía con la nieve de los tejados. Noté que me dolían las rodillas. Las froté con cierta violencia para ver si así entraban en calor y se mitigaba el dolor. El esfuerzo hizo que mi aliento se condensara en una efímera nubecilla de vaho que durante unos segundos se pegó al cristal, tiempo que aproveché para dibujar un aspa con la punta del dedo. Fue como una especie de tachadura. Una equis. La incógnita de una ecuación.

martes, 31 de octubre de 2017

CAMBIO DE HORA

La conocí el sábado pasado durante el cambio de hora, justo en el momento en que los relojes se atrasan y una hora desaparece en el tiempo. Tuve que entrar otra vez en el bar, presentarme de nuevo y volver a repetir las mismas tonterías con las que rio la primera vez.

domingo, 29 de octubre de 2017

EL TIPO DEL BANCO

"Paseaba por las calles de su barrio hasta llegar a un parque, uno de esos solares de derribo con dos bancos de madera pintados con grafitis, una papelera oxidada por la base a punto de caer, un arenero para niños sin niños, un columpio de película de miedo, tres mierdas de perro y un charco al final del tobogán. Se sentaba y se imaginaba fuera de allí, lejos, en algún lugar que necesitara conexión de dos vuelos, o más, y volver cuando todo hubiera acabado..."

jueves, 5 de octubre de 2017

RAFAEL CAUNEDO VIRTUAL


QUE TODO SEA MENTIRA, POR FAVOR.



Contengo las ganas de pedir un gin tonic gracias a la insulsez de un té. Estoy sentada en una butaca de un hotel de Barcelona, ligeramente incorporada hacia delante, hojeando un periódico sin descubrir nada que no sepa. Apenas soy consciente de que doy vueltas al azúcar con la cucharilla, produciendo un leve tintineo en el silencio de la sala. Mastico una pasta. Bajé del AVE de Madrid a primera hora de la mañana y llevo todo el día de reunión en reunión, en pie con una desangelada ensalada de queso y nueces, así que de buena gana me quitaría los zapatos, y me dejaría invadir por el sueño, acogida por la seductora blandura de estos sillones, con el tentador deseo de despertar y que todo esto sea mentira.

viernes, 29 de septiembre de 2017

MAL DÍA

No había pegado ojo. De ello daban fe sus ojeras. Se miró en el espejo para comprobar si habían mermado en cantidad suficiente como para pasar desapercibidas. Por un momento se arrepintió de no llevar en el bolso un iluminador como sus amigas. Hace milagros, le decían. Ella había nacido sin ese gen coqueto y femenino. De hecho, no llevaba ni bolso. Una mochila de pequeño tamaño comprada en el Decathlon hacía sus funciones. Dentro una cartera de piel negra y masculina, las llaves de casa, un lápiz de IKEA, un paquete de chicles gastado, la Tablet, caramelos y dos bastoncillos para los oídos de los que ni siquiera tenía constancia. Y Kleenex, aquel día cogió Kleenex. El fin de semana se preveía complicado.

jueves, 15 de junio de 2017

SORTEO

Con motivo del día mundial de la ELA, 21 de junio...
NORMA ÚNICA DEL SORTEO
Para participar solo teneis que escribir en este evento una pequeña reflexión, pensamiento o... lo que sea, pero que obligatoriamente esté relacionado con la ELA (Esclerosis lateral amiotrófica).
Con esto solo pretendo que os paréis unos segundos a pensar en ella. Que sea una enfermedad rara no quiere decir que tenga que ser desconocida. Muchas gracias por colaborar con vuestras publicaciones. Se agradece la difusión.
El ganador será por sorteo y se dará a conocer el lunes 19 de junio, a las 12'00 h.


domingo, 21 de mayo de 2017

EL COCHE ROJO



Juanchu, dieciséis años; cabeza apoyada en la ventanilla; cascos con música muy alta; el móvil en la mano sudada; mirada perdida en el gris difuso del asfalto. Las líneas discontinuas de la carretera parpadean ante sus ojos. Lo aturden. Parece no pensar en nada.

Solo lo parece.

En realidad está sopesando lo patético que resulta que todo el mundo los adelante. Su padre y su dichosa manía de conducir despacio. Para Juanchu no sobrepasar el límite de velocidad es ir despacio. Muy despacio.  Cuenta los coches que les pasan. Al llegar a veinte se cansa. Cambia de canción; es incapaz de oír una canción completa. Le puede la impaciencia por pasar a otra. Las canciones son tan lentas como su padre.

Su madre se gira para decirle algo. No la oye. No le apetece oírla, pero ante su gesto de desagrado, se ahueca el auricular. Le pregunta si quiere merendar. Juanchu niega con la cabeza. Merendar es de pequeños.

Se fija en la cabeza de su padre. Desde que le pasó lo del ERE ha perdido pelo. Suerte que no perdió el empleo. Por los pelos. Juanchu sonríe por su juego de palabras. Le mira la camisa de cuadros, la misma de siempre. ¿Cuánto hace que su padre no se compra ropa? Se asoma por encima de sus hombros para ver el cuentakilómetros. Por Dios. Resopla y se deja caer en el asiento como un peso muerto. Cambia de canción. Un autobús de línea los adelanta y Juanchu intercambia una mirada insustancial con uno de los pasajeros, otro como él. Su padre dice que conduce así para consumir menos e ir más seguro. Venga ya, papá, no fastidies. Está harto de las lecciones de urbanidad y buena conducta. Ahora hasta va en bicicleta al trabajo. ¡En bici! Una de esas que ha puesto el ayuntamiento. Por ahorrar. Juanchu no entiende el ahorro. Si lo tengo, lo gasto.

Mira el reloj del salpicadero. No puede ser. ¿Está roto o qué? Piensa que van a llegar tarde al pueblo. En el fondo le da igual. Odia el pueblo. Se aburre en la casa de sus abuelos. Sin wifi el mundo es una mierda.

De pronto, un coche rojo, uno bueno, les pasa a toda velocidad. Suena como un cohete despegando. Juanchu estira el cuello y se asoma por encima de los hombros de su padre. Quiere saber qué coche es. Se hace apuestas a sí mismo. Pero le da igual la marca, es un cochazo y punto. Lo observa mientras se pierde por la autovía en segundos. En nada. Vuelve a su estado catatónico, esta vez imaginando que es él el que va a los mandos de ese bólido. Cierra los ojos y se imagina con las manos en el volante, el brazo apoyado en la ventanilla abierta, la música a tope y una rubia en el asiento del copiloto. No, mejor morena. No, rubia. Un pibón.

Mira la hora de nuevo. Otra canción. Las líneas de la carretera. La calva de su padre…

Y entonces ocurrió.

Dos líneas negras sobre el asfalto, paralelas, cruzan la carretera en dirección al arcén. El quitamiedos ha desaparecido. Hay humo y huele a quemado. Juanchu siente que el coche frena. ¿Y ahora qué pasa? Se quita los cascos y pregunta. Nadie le contesta. El coche para y su padre se pone un chaleco fosforescente. Su madre le dice que tenga cuidado. Juanchu ve a su padre a través de la ventanilla: la camisa de cuadros por fuera, el botón del pantalón desabrochado, la barriga incipiente, el chaleco hortera. Se gira y le ve por la luna trasera. Con torpeza salta fuera del asfalto y desaparece detrás de un pequeño terraplén. El tac-tac de los warning es lo único que se oye en el coche. Otros vehículos paran delante y más conductores salen con una carrera precipitada. Juanchu piensa; por fin piensa algo. Mamá, salgo a ver. Para cuando su madre quiere impedírselo, él ya está fuera.

Cinco hombres de pie, todos con chaleco, camisas de cuadros y calvos. Un coche rojo bocabajo. El motor, incomprensiblemente, sigue en marcha con un quejido comatoso. Sale humo negro entre las ruedas que apuntan al cielo. Hay una pequeña llama que poco a poco crece. Los hombres guardan distancia de prevención mientras avisan por sus móviles a los servicios de emergencia. Miedo a que aquello explote. Su padre es uno de ellos. Juanchu llega y se alinea a su lado. Mira y calla. Un joven está inconsciente dentro del coche, sujeto por el cinturón de seguridad. Un hilo de sangre le gotea desde la frente. A su lado una rubia. No, morena. ¿O es rubia? Un pibón. Gime aturdida.

Puede explotar en cualquier momento, dice uno, uno cualquiera. Y en ese momento, Juanchu ve a su padre quitarse el chaleco y, sin pensarlo, llegar hasta el coche y meterse por la ventanilla. Le cuesta. Está torpe. Se arrastra. Solo se le ven las piernas. Juanchu quiere gritarle que salga de ahí. No lo hace. Mira las llamas. El motor para de repente. El padre sale con la respiración entrecortada, tira las llaves al suelo, y parece buscar algo. Con las manos haciendo un cuenco coge arena y grava y la tira sobre la llama. Se apaga al cuarto intento. Humo negro y silencio.

Los hombres le miran. Luego se acercan y le abrazan. Le felicitan. Saben que ellos no se han atrevido a hacerlo y eso les convierte en seres inferiores. Entonces se arrodillan junto al coche para tranquilizar a los accidentados. El padre de Juanchu permanece de pie, mantiene la mirada perdida intentando comprender lo que acaba de hacer. Se gira. Su hijo le mira y se acerca hasta él. Le abraza. No se lo digas a tu madre, le pide.

Lejos suenan sirenas.


El camino restante hasta el pueblo lo hacen en silencio. Juanchu va detrás, pensando. Lleva pensando bastante rato. Los cascos sobre el sillón. El susto en el cuerpo. Mira la velocidad en el cuentakilómetros, después se fija en los ojos de su padre en el retrovisor. Se miran y sonríen. La mano de Juanchu se posa sobre el hombro de su padre, sobre la camisa de cuadros llena de tierra, barro y aceite. Al llegar a casa te compraré una nueva.

lunes, 13 de marzo de 2017

LOS PIES Y LAS MEDIAS



Jamás me gustó el tacto de las medias, pero reconozco que el contraste con la suavidad de la piel que cubren es justo lo que me hace superar la dentera. No es que en ese momento ansiara desnudarla impetuosamente ―de hecho, a mi edad la fogosidad de la pasión ya había dejado de parecerme una alternativa seductora―, pero tampoco puedo asegurar que en algún momento sopesara tal posibilidad. Además, los pies no  suponen para mí algo tan sensual ni excitante. Cuando leo a Junichiro Tanizaki y descubro su pasión fetichista por los pies de una tal Fumiko, no logro alcanzar ese punto de excitación que a él le provocan. Más bien me dejan indiferentes. El cuerpo de una mujer tiene, a mi juicio, lugares mucho más interesantes por los que perderse...
(Simón B. Novela en proceso)

lunes, 20 de febrero de 2017

KOTARO YU

Kotaro Yu era poca cosa: de estatura escasa y  complexión en apariencia frágil. Tan delgada que la ropa siempre parecía quedarle grande, como si se la comprara para otra persona. Le gustaba trabajar con camisa beige abotonada hasta el cuello, pantalón de algodón claro y zapatos de goma. No usaba delantal ni gorro. Nada de relojes, anillos o pulseras. Ni pelos en los brazos. Tan solo llegaba con una bolsa con los ingredientes del día y, colgado al hombro, una especie de rollo de cuero curtido en el que varios cuchillos se mantenían bien sujetos para el transporte, colocados por tamaño. El paquete iba sujeto con un cordón negro y jamás lo abrió antes de que empezara la clase.
Era mayor; como yo. O más.

domingo, 12 de febrero de 2017

TRAJE SASTRE


Tanto elogio era innecesario, aunque supuse que entraba dentro de las obligaciones de un sastre. Solo con asentir me bastó para terminar y con mi complacencia dejamos por fin zanjado el tema del traje. Tan solo quedaba pedir que lo llevaran a casa a la mayor brevedad posible. Así que, mientras un empleado recogía todo con la meticulosidad de un cirujano, yo tecleaba mi PIN personal en el datáfono, aceptando con un simple OK que una cifra nada despreciable de libras saliera de mi cuenta para pasar a la de Henry Poole...

lunes, 6 de febrero de 2017

MIRADA DE ENFERMO

Mi vecina, que a la vez es mi médica, me contó cómo debía tomar las medicinas. Al hacerlo, señaló con la punta del bolígrafo las notas que había escrito en un papel, y lo repitió varias veces como si estuviera dando clase de matemáticas a un niño. Me resultó algo vergonzoso que pensara adecuado anotarme una posología tan simple: “De estas te tomas tres al día, una después de cada comida. Y de estas te tomas una antes de acostarte. Lo haces durante tres días. ¿Entendido?”. Era sencillo, y sin embargo ella prefirió escribirlo con todo detalle. Quise pensar que lo hacía por celo profesional, y no porque me considerara incapaz de entenderlo a la primera. Tal vez, pensé, mi mirada de enfermo proyectara una imagen autista de mi persona...

jueves, 2 de febrero de 2017

ESA MEMORIA

El teatro estaba cerrado por su acceso principal, como es lo normal a esas horas de la mañana, así que directamente fui a la entrada de artistas de la calle lateral, donde un telefonillo roñoso era la única vía de comunicación con el interior. Me abrió un técnico de iluminación al que conocía de otras ocasiones pero del que había olvidado el nombre. Él, sin embargo, me trató por el mío y me acompañó hasta la entrada lateral de la platea, rogándome hiciera el menor ruido posible porque el ensayo estaba en marcha.
Ya sabe que a su mujer no le gusta que la interrumpan ⸻me dijo susurrando antes de entrar.
Ex mujer ⸻aclaré⸻. Ex.
Al parecer aquel tipo era bueno con los nombres, pero muy malo para acordarse de lo importante.

viernes, 27 de enero de 2017

EL DÍA QUE LA CAGUÉ

No quiero volver a verte nunca más”. La cabrona lo dejo escrito en un puto pos-it y luego lo pegó en la nevera, junto al imán de nuestro viaje a Berlín, con recochineo, dando por saco, como siempre. Y encima con esa letra suya de médico internista que no hay dios que la entienda a la primera. No me jodas.
Uno tiene también su corazoncito y en un ataque de rabia cogí el móvil. ¿No dicen que romper una relación por whatssap jode mucho? “Pues que te follen”, escribí.
Luego, más calmado, conseguí descifrar lo que ponía debajo del pos-it: “La estrenan el viernes, ¿vamos?”.


jueves, 26 de enero de 2017

MEJOR NO APUESTO

Estoy ahí en medio. Soy el único que no lee la prensa, aquel que lleva su informe médico anual en las manos. El que mira sin apenas interés cada uno de los apartados, la mayoría de los cuales no sé lo que significan. Conocer la trascendencia del índice de saturación de transferrina o saber el tiempo exacto de tromboplastina parcial activada, no hacen que me sienta más o menos sano. Solo busco los asteriscos que los médicos colocan al lado de cada referencia en el caso de que los resultados estuvieran descompensados, bien por exceso o bien por defecto. La ausencia total de ellos no consigue hacerme más feliz de lo que soy. Pasada la analítica llegan los resultados de las biopsias, los diagnósticos endoscópicos, los electrocardiogramas, resonancias y todo eso. La confirmación de que mi estado de salud no tiene asteriscos no supone un punto de inflexión a partir del cual mi ánimo repunta. Pensar en qué pasaría conmigo en el caso de que algún asterisco malicioso se cruzara en mi camino es algo que no merece la pena. Pensar en posibles enfermedades es, para mí, una enfermedad en sí. Tal vez alguien debería ponerle nombre a esa patología. Siempre he evitado hacer estimaciones de posibilidades porque jugar con el futuro supone arriesgarse a que se cumpla lo que imaginas. ¿Para qué apostar?

miércoles, 25 de enero de 2017

IMPROVISANDO

Quité el precinto del cepillo de dientes y me cepillé más despacio y durante más tiempo del que suelo emplear. Quería retrasar lo máximo posible el momento en que me quedaba a solas con ella en aquel hotel del que no recuerdo ni el nombre. Apagué la luz del baño y salí a escena igual que los actores cuando entran en el escenario: aparentando una seguridad que no tienen. Solo que yo ni siquiera tenía papel.
Y siempre he sido muy malo improvisando...