viernes, 7 de septiembre de 2018

LA MUJER DE SAN PETERSBURGO


Hace muchos años conocí a una mujer que, tras una crisis existencial, prefirió romper todas sus fotografías antes que quitarse la vida. Tan solo se quedó con una: esta. La tenía expuesta en la librería que regentaba en un barrio exclusivo de San Petersburgo. Cenando en mi hotel me dijo: “Mis fotos son los espejos”. Desde entonces, no he vuelto a saber de ella, aunque la foto, hoy, la he visto en el perfil de Instagram de un desconocido. Sigue en la librería, tan enigmática, rodeada de los mismos estantes y anaqueles. Por un instante he creído verla pasar por la pantalla de mi móvil, desnuda, oliendo a madreselva.

LA BUTACA DE PIEL


A partir de septiembre presento la sección de libros LA BUTACA DE PIEL, incluida dentro del programa DOS HASTA LAS DOS, en Onda Madrid. Encantado con mis dos anfitrionas: Isabel García Regadera y Begoña Tormo.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

LA PASARELA

Coincidimos en un puente. Ella corría hacia mí junto a otros dos muchachos, los tres ocupando la anchura de la pasarela, por lo que tuve que parar, apoyarme en la baranda y dejarles vía libre. El ruido de sus pasos acelerados retumbaba cada vez más fuerte en la estructura de acero. Por debajo, los coches pasaban a toda velocidad. Solo me fijé en ella. Sonreía. Corría y sonreía a la vez. Pensé que yo jamás podría hacerlo sin parecer idiota. Pasaron como si fueran motorizados, haciendo que mi gabardina se bamboleara. Ella casi me rozó; me hubiera gustado que lo hiciera, que me pisara incluso, para que, al menos, se girara para disculparse. Pasó de largo tras la súbita corriente. El ruido desapareció decreciente al fondo. Durante unos segundos miré su estela. Luego ocupé de nuevo el centro del puente y continué mi camino. Eso es todo lo que sé de ella. Pero no necesito más.

domingo, 8 de julio de 2018

EN LA LUNA

8 de julio. Es domingo, creo. Tras la línea del horizonte lunar, la tierra muestra su lado oscuro, nocturno. Pienso en mi familia, en mis amigos, todos seguramente durmiendo, ajenos a que, desde aquí arriba, alguien les observa.
Esta es la vista que tiene Dios. Lo que disfrutaría si existiera.

domingo, 1 de julio de 2018

CADA NOCHE LA ÚLTIMA REPRESENTACIÓN


(Relato publicado en el número 2 de LA GRAN BELLEZA, junio 2018. La gran belleza)

Oigo el murmullo del público mientras va llenando la sala. Estáis ahí detrás, tan solo nos separa una pared de mentira. Miro la hora en mi reloj de atrezo de los años cincuenta. Las agujas no se mueven; llevan meses señalando la misma hora, paradas como mis sueños. Ojalá pudiera detener el tiempo. O quitarme el mecanismo. O recordar lo que eran las expectativas, los objetivos, los anhelos. Me cuesta tragar saliva y pido una botella de agua a un tramoyista. Está fría, demasiado fría. Siento una palmada en la espalda, suave, una especie de caricia de consolación. Me giro. Es mi compañera de escena. Me guiña un ojo mientras se ajusta la peluca, pero no me dice nada. Sabe que a los actores no nos gusta que nos hablen en estos momentos. Sonrío. Falseo una sonrisa con una interpretación soberbia, con una caída de ojos propia de un galán trasnochado, un leve movimiento de cabeza y un sonido gutural apenas audible, una especie de escape que quiere confirmar que estoy bien. La engaño; creo que la engaño. Ella me hace creer que la engaño. Oigo a alguien calentando la voz en el camerino del fondo. Yo ya no caliento la voz antes de salir a escena, simplemente la proyecto hacia el fondo de la sala, hacia la puerta de salida, hacia el punto exacto por donde me gustaría desaparecer. La megafonía del teatro avisa para que se apaguen los teléfonos móviles. Me acuerdo del mío. Lo he dejado sobre la mesa, al lado de la tetera con tisana de valeriana, mi pastillero y un vaso vacío con hielos derretidos y el cadáver ahogado de una rodaja de limón. Nadie me llamará, seguro, todos saben que a estas horas soy otro y nunca estoy. No quiero estar. Oigo el último aviso y percibo como la luz que entra de la platea por debajo del telón va desapareciendo hasta convertirse en oscuridad. Un piloto rojo se enciende. Trago saliva, miro al suelo y no sé si entrar o salir corriendo.

Pienso que os daréis cuenta. Cada noche, antes de salir a escena, pienso que os daréis cuenta. Mi mano tiembla. No es miedo, ni nervios. Tiembla enferma, disfuncional, egoísta e independiente. Mis amigos dicen que, si no me cuido, el temblor irá a más. Y yo a menos.

Dudo si debo salir. Últimamente todo son dudas. Vivo en una duda. No sé cuándo debo parar; no sé cuándo desaparecer. Nadie me dice dónde está la salida de emergencia de la vida. Cada día pospongo el momento en que huya, pensando que tal vez mañana sea mejor. Mi reloj de atrezo marca la misma hora que hace un rato y quiero creer que el tiempo no ha pasado mientras decido. Cada noche me digo que será la última. Escondo la mano en el bolsillo del pantalón, así que solo interpreto la mitad de mi papel. Me miraréis sin ser conscientes de que soy un cincuenta por ciento menos. Puede que mueva el doble la otra mano para compensar. ¿Cuál será la noche elegida para no venir? Esa es mi duda. Hoy estoy aquí, a punto de salir a escena, con mi mano temblando en el bolsillo, sin saber dónde está la raya roja que me impida seguir.

Voy a menos, lo sé, no me importa saberlo. Pero no quiero que el público lo sepa. Que vosotros lo sepáis. Me miro los zapatos de época, acharolados, inmóviles. No quieren moverse.  No sé si salir. ¿Será hoy el día? Siento de nuevo el calor de una mano en mi espalda. Mi compañera me anima a salir. No quiero hablarla por si huelo a ginebra. Creo que ella lo sabe, sabe que he bebido, sabe que cada noche salgo borracho a escena. Lo ve en mi mirada, no en mis ojos; lo escucha en mis silencios, no en mis palabras.

Me he pasado con el perfume. Sé que es un olor fuerte, a madera y sándalo, lo suficientemente fuerte para contrarrestar el otro, el olor a bar, a soledad y miedo. Con la excusa de suavizar la garganta, chupo un caramelo de menta. Me arde la boca. Hay una escena en la que beso a mi compañera. Llevo meses besándola. Un beso al día. El único beso que doy, lo da otro. Igual que los últimos cinco años. Tal vez mi ex mujer haya venido a verme al teatro. La imagino con su nueva pareja entre el público. “Mira, ese de ahí, el borracho, es mi ex”. Puede que salga solo por el beso. Son labios blandos, mullidos y acogedores, parecidos a los de mi ex mujer, pero sin odio. Mi beso diario es un beso de muñeca de látex, sin alma. Mi compañera cierra los ojos mientras me besa, seguro que pensando en otro. Hace bien.

Necesito un trago. Otro. Otro más. Pero el telón sube. Estoy en el centro del escenario. Solo. Debo dejar que mi personaje me posea y ocupe mi lugar, dejar de ser yo para ser otro. Debajo de la chaqueta siento como el sudor empapa la camisa. En el tercer acto tendré que quitármela y resultaré patético. Me la dejaré puesta. El telón está arriba y un foco de luz tenue me ilumina poco a poco. Veo los rostros pálidos de público. Me miráis expectantes. Inspiro, controlo la respiración, guardo el temblor de mi mano en el bolsillo y comienzo a vivir la vida de otro. Dos horas en las que dejo de beber. Tengo la voz gastada, maltratada, pero aún tiene la fuerza suficiente como para resultar creíble. Esperáis que hable, impacientes por saber si hoy será el día que me rompa. Dicen que soy un actor creíble, de esos que transmiten emociones. Mis besos parecen reales. Lo son. Todo es falso menos el beso.

La ginebra recorre mi cuerpo al ritmo del corazón; latidos de alcohol que me mantienen en pie sobre las tablas. Ya no puedo salir sobrio. Me maquillo para salir. Lo bueno que tiene el teatro es que no hay primeros planos como en el cine. Otros calientan la voz; yo disimulo evidencias. El espejo de mi camerino está rodeado de bombillas apagadas.

Ahí estáis, mirándome, esperando que hable. Me tomo mi tiempo siguiendo las indicaciones del director en los ensayos. Un minuto en silencio mientras nos miramos. Mi personaje os reta. Yo no puedo hacerlo; él sí. Os regalo mi último papel, mi última representación. ¿De verdad será la última? Veo al fondo la luz verde que indica la salida. No parpadeo, así que los ojos lagrimean. La cobardía me obliga a posponer mi huida.

Otra noche más que me quedo. ¿Cuándo os daréis cuenta de que estoy acabado?