...hoy me siento autorretrato...
por Rafael Caunedo © todos los derechos reservados. http://rafacaunedo.wixsite.com/escritor
miércoles, 28 de marzo de 2012
domingo, 25 de marzo de 2012
LOS MUEBLES ABANDONADOS
VISITAS: 21
Por Rafael Caunedo.
No hay nada más triste que un mueble abandonado en una cuneta; es como un recuerdo sin dueño.
Los que somos soñadores y no nos gustan los telediarios, detrás de cada mueble abandonado siempre descubrimos una historia con la que eludir la realidad; únicamente hay que fijarse, evadirse mentalmente y dejarse llevar. Después, una vez hechas las presentaciones y rota la vergüenza, tan sólo hay que esperar a que se decida a hablar. Porque los muebles hablan, sí, transmiten emociones, y si les apetece, te cuentan su vida.
Un mueble abandonado es un
tachón
en un manuscrito.
tachón
en un manuscrito.
“¿Ves ése sillón?”, me dijo un hombre cuando me vio hacer la foto, “pues desde allí yo di el pase a Iniesta para que marcara el gol en la final”.
Me duele el alma al encontar un mueble tirado en un descampado; es antinatural verle allí esperando que el pedrisco agriete su barniz y el sol decolore su piel. No es un final honroso, es como envejecer a bofetadas.
La silla cruje igual que si llorara porque el barro se engulle sus patas.
“Sentada en esa silla esperaba mi madre cada tarde con un tazón de leche y miel a que yo llegara de la escuela”, me dijo aquel hombre.
Y yo, al mirar con fijeza, vi a su madre allí sentada gastando las lágrimas antes de que su hijo llegara, agotando la pena.
Hay veces que me da miedo pensar demasiado ‘en ficción’. Creo que debería aprender a no inventarme historias allí donde no hay más que muebles abandonados. La imaginación, mal guiada, puede hacer que pierdas la cabeza, sobre todo en días como hoy.
Esperaré un tiempo prudencial a ver qué pasa.
viernes, 23 de marzo de 2012
PRECINTOS DE NOVENTA EUROS
Ayer quise prepararme una infusión relajante, pero acabé con un ataque de nervios al no conseguir abrir el precinto. Hoy ya estoy mejor después de los noventa euros de sesión con el psicólogo. El té lo ha preparado él.
jueves, 22 de marzo de 2012
MI ÚNICA PELEA POR AMOR
Sólo me he peleado una vez en la vida. Fue por amor. Me volaron las gafas antes de que tuviera tiempo de sacar las manos de los bolsillos. Después fue fácil; sólo tuve que tirarme al suelo y esperar que terminaran de patearme.
DAR EN LA DIANA
Ryan McBulloghs fue durante años el campeón de Escocia de dardos. Era su pasión y su única distracción ya que su vida cotidiana era bastante neutra. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Con las mujeres, además, nunca dio en la diana; ninguna se fijaba en él ni en su habilidad con los dardos.
Tras varios años dominando el apasionante mundo de la puntería en todos los pubs escoceses, quiso montar una granja de ovejas con el dinero recaudado con tanto premio. No era mucho, pero suficiente para realizar su sueño en un pueblecito que no suele aparecer en los mapas. Inesperadamente, el negocio prosperó y la lana McBulloghs fue adquiriendo notoriedad en el mundo textil y pronto se la empezó a reclamar en media Europa. Los mejores diseñadores querían que sus prendas estuvieran manufacturadas con lana McBulloghs.
Hoy, el bueno de Ryan se dedica a tirar dardos a una diana que tiene colgada en una palmera de una isla de la que no me quiso decir el nombre. Las mujeres llaman a su puerta, pero él, muy escocés, les dice con orgullo que está muy ocupado.
martes, 20 de marzo de 2012
EL ALCE
Artículo publicado en la sección DECORARTES de la revista CULTURAMAS. Marzo 2012.
Por Rafael Caunedo.
Mi abuelo sólo ha cazado una vez en su vida. Lo hizo por compromiso y ayudado por el vodka. También algo crecido ante la expectación que levantó su presencia entre el público femenino. La verdad es que el trofeo pudo haber tenido la prestancia de un tigre de bengala, la ferocidad de un león africano, o la elegancia de un oso polar, pero no fue así. Tuvo que conformarse con el alce más raquítico de toda Noruega, uno desgarbado y medio lelo que caminaba desorientado sobre el hielo. No tenía cara de listo, así que se quedó allí mirando mientras mi abuelo cargaba el fusil. Nunca lo reconoció, pero la verdad es que tuvieron que hacerlo por él ya que los nervios y el vodka le impedían meter la bala en la recámara.
Mi abuelo ha sido el único español que ha matado un alce en Noruega estando borracho perdido. Le dio de casualidad, entre bandazo y bandazo. Fue un tiro certero que ni él mismo se creyó. Cuando vio al alce caer, se quedó mirando a sus acompañantes preguntando si había sido él. Fue entonces andando hasta el animal y al llegar sintió como se le revolvía el cuerpo. Fue tal la pena que le dio que pidió la cabeza para disecarla y llevarla a España.
Y así fue como llegó el alce a la casa familiar hace un montón de años. Mi abuela se casó con mi abuelo y con el alce. Todo era discutible menos aquella cabeza. De hecho, terminó cobrando el protagonismo que le otorgaba el presidir el salón desde lo alto de la chimenea. Mi padre se crió allí mismo, a la sombra de sus cuernos. Siempre le dio una mezcla de miedo y asco, aunque nunca supo qué sensación era la predominante.
A la muerte del abuelo, el alce temió que su cornamenta acabara en el vertedero, pero el destino se alió con él, y una fuerza superior hizo que mi madre superara aquel espanto y lo aceptara en su nueva casa de Madrid. Eso sí, no lo quería ver en habitaciones “visitables”, de suerte que el alce acabó abajo, en el garaje. Por empeño paterno, la cabeza estuvo muchos años colgada en la pared del fondo, de manera que cuando metías el coche por la noche, las luces de los faros hacían que le brillaran los ojos como si estuvieran vivos.
Hubo un año en que propuse subirla a mi habitación, pero el revés que me sacudió mi madre me quitó la ilusión.
Yo crecí con un alce en casa. Cuando se lo contaba a mis amigos, no se lo creían. Tuve muchas visitas, incluso pensé en cobrar por ellas. Pero no.
Ya de adolescente, las fiestas en mi garaje eran famosas por el alce. Un año hubo alguien que le colocó un tercio de Mahou en la boca, y allí sigue. La verdad es que el animal ha soportado estoicamente todo tipo de humillaciones: fue perchero durante años, alguna foto junto a él con el culo al aire también se ha hecho alguno, sombreros de paja, matasuegras en las orejas…., en fin, de todo, pero el pobre sigue sin quejarse.
Con el tiempo me tocó a mí en herencia. Ahora está en casa. Yo lo tengo en un cuarto de baño. Mi mujer por poco me mata, pero la magia noruega la ha llegado a convencer. Mis hijas cuelgan las toallas en sus cuernos y a mí me hace gracia. Lo que no saben es que algún día el marrón les caerá a ellas. No sé, le miro y me enternece, me da pena. Es feo pero le quiero.
viernes, 16 de marzo de 2012
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




