viernes, 8 de junio de 2012

EL BALÓN DE REGLAMENTO

Estaba tranquilamente jugando con mi perro en el parque cuando un balón de reglamento vino rodando hasta llegar a mi lado. Unas voces de niños apoyados en la valla del colegio me pedían que se lo devolviera. Entonces, después de tirar mi cigarrillo, y queriendo emular al hermano torpe de Maradona, intenté hacer un par de malabarismos con el pie antes de dar la patada definitiva que pasara la pelota por encima de la valla. Para ello, puse todo mi empeño.
"Está claro que lo tuyo no es el fútbol", me dijo el traumatólogo mientras me vendaba el pie y me fijaba el dedo gordo con una pieza de metal, "y procura no hacerlo nunca más con sandalias".
Tengo que cancelar mi billete a Jamaica. ¿Alguien sabe si me devolverán el cien por cien del importe?

miércoles, 6 de junio de 2012

EL BUENO DE LUCAS

La gente piensa que los presentadores de informativos no nos ponemos enfermos. Nada más lejos de la realidad, pero no hay nada que no pueda arreglar una generosa mano de maquillaje y un buen chute de analgésicos. En tres años sólo he faltado al trabajo un día: ayer.
Tenía más prisa de la habitual. Desayunaba de pie viendo la información meteorológica en la CNN. El sol estaba garantizado en Washington. Al salir al jardín, mi perro tuvo un comportamiento extraño: con un exceso injustificado de alegría se me subió encima, dejando muestras de sus zarpas en mi camisa y en la solapa del traje. Mi reacción, tan atípica como la suya, fue la de sacudirle dos latigazos con la correa. Ninguno de los dos esperábamos tal comportamiento. Sus ojos, de pronto, se quedaron apagados antes de irse caminando despacio a su caseta. Sin tiempo, decidí no cambiarme.
Parado en el segundo semáforo de mi avenida, vi a mi vecino lanzar un frisbee a su perro. Compungido y arrepentido, llamé al director de informativos y me volví a casa.
Ni el maquillaje hubiera podido disimular mi desánimo. Lucas bien vale un poco de absentismo laboral.

martes, 5 de junio de 2012

MI SALA DE CINE

Todo el mundo tiene una sala de cine a su nombre en la que se está proyectando su vida en directo. Uno puede colarse en las salas de los demás para vivir vidas ajenas. Un día, por curiosidad, quise asomarme a la mía para ver qué tipo de gente me seguía. Al descubrir que estaba vacía decidí quemarla. Al no tener ya vida en directo, ahora sólo vivo en un flashback.

lunes, 4 de junio de 2012

EL ABREBOTELLAS


Me había fijado en ella desde que el anfitrión me la presentó. De puro nerviosismo al tenerla tan cerca, metí sin querer el dedo en el abrebotellas. No sé cómo lo hice, pero una vez pasada la segunda falange, noté que aquello se había encajado. Continuamos hablando mientras disimuladamente intentaba liberarme. Yo, que por fin había conseguido atraer su atención entre tanta gente de la fiesta, me encontraba a punto de estropearlo todo. No me quedó otro remedio que contarla lo que me estaba pasando cuando ya el dedo estaba cobrando un ligero color verdoso. La dije que me esperara, pero no lo hizo. Cuando volví de urgencias la fiesta se había terminado.
Un amigo común me ha pasado su teléfono. Sandra, soy yo, el del abrebotellas. Después de contener la risa me ha preguntado por mi dedo y hemos quedado a cenar.

martes, 29 de mayo de 2012

MI BANDURRIA Y YO


Nunca pensé que la bandurria iba a condicionar tanto mi vida. Me la regaló mi abuelo cuando tenía tres años, y era tal su afición, que consiguió enseñarme en un par de veranos, inoculando su veneno desde mi más inocente infancia. Al principio era la gracia de la familia. Me obligaban a subir a la mesa después de tomar las uvas en nochevieja y deleitarlos con mi precario repertorio. Poco a poco, fui adquiriendo una calidad respetable, aunque sólo fuera valorado en casa. Mis vecinos aporreaban las paredes para que me callara y mis amigos del colegio no me invitaban a las excursiones. Ellos preferían la guitarra y la armónica, como Dylan y Baez, mientras que mi bandurria era menospreciada por su escaso glamour. Y algo de eso debía haber porque mientras el de la guitarrita se ligaba a todas, yo me quedaba allí, con la púa entre los dedos, viéndoles marchar a la 'zona oscura'.
Por fin terminó el colegio. Aprobé todo con buenas notas, así que mis padres consintieron en que me pasara un par de meses recorriendo Europa por inter-rail. Mi primer destino fue Berlín, y de allí ya no me moví porque me enamoré de una islandesa. Por ella me puse una cresta y me hice okupa. No me hizo ni caso en materia sexual, pero al menos era la única del edificio a la que le gustaba el exotismo de mi bandurria. 

sábado, 26 de mayo de 2012

CHRISTIE'S


Últimos de diciembre, Nueva York. El portero de la sala Christie's dice, mientras palmea para entrar en calor, que odia su trabajo porque los embalajes de las obras que se subastan allí a diario son de mejor calidad que el forro de su abrigo.

viernes, 25 de mayo de 2012

MATRIMONIO A PRUEBA

Jürgen y Anika decidieron hacer un crucero por el mediterráneo en su viaje de novios. En su escala en Sicilia, en el mismo puerto de Palermo, convinieron con un taxista para que les diera una vuelta por la isla. Disponían de diez horas. Una vez visitada la capital y aquellos lugares cercanos que aparecían en todas las guías de viajes, el taxista les llevó a su pueblo. Aparcaron a la sombra. Para dos noruegos, Sicilia en agosto es lo más cercano a un microondas. El taxista, conociendo el percal, les llevó hasta la taberna de la plaza. Allí, sentado bajo un toldo, un veterano de piel curtida saboreaba una copa de moscatel. Su camisa blanca dañaba la vista. Cuando los vio llegar, su innata coquetería le obligó a adecentarse el pelo bajo su borsalino. El taxista, al llegar a su lado, le besó la mano con una ligera inclinación de cabeza. Jürgen le saludó a la europea, con un sobrio apretón de manos, y cuando Anika iba a hacer lo mismo, un ligero tirón la obligó a acercarse hasta besarle. Después, un cuchicheo entre aquel hombre y el taxista dio por terminadas las presentaciones.
Compraron una botella de agua y siguieron con la visita. Al llegar a la iglesia de Santa María, el taxista, aprovechando el fresco del interior les dijo:
—Dice don Pascuale que quiere acostarse con ella.
Parecía una broma y así se lo tomaron hasta que oyeron una cifra.
— Dice que les da setenta mil euros.

Llegaron a Oslo una vez terminado el crucero. Jürgen fue el primero en acudir a su abogado para pedir el divorcio. Nunca asimiló que Anika dijera que sí.