Nunca pensé que la bandurria iba a condicionar tanto mi vida. Me la regaló mi abuelo cuando tenía tres años, y era tal su afición, que consiguió enseñarme en un par de veranos, inoculando su veneno desde mi más inocente infancia. Al principio era la gracia de la familia. Me obligaban a subir a la mesa después de tomar las uvas en nochevieja y deleitarlos con mi precario repertorio. Poco a poco, fui adquiriendo una calidad respetable, aunque sólo fuera valorado en casa. Mis vecinos aporreaban las paredes para que me callara y mis amigos del colegio no me invitaban a las excursiones. Ellos preferían la guitarra y la armónica, como Dylan y Baez, mientras que mi bandurria era menospreciada por su escaso glamour. Y algo de eso debía haber porque mientras el de la guitarrita se ligaba a todas, yo me quedaba allí, con la púa entre los dedos, viéndoles marchar a la 'zona oscura'.
Por fin terminó el colegio. Aprobé todo con buenas notas, así que mis padres consintieron en que me pasara un par de meses recorriendo Europa por inter-rail. Mi primer destino fue Berlín, y de allí ya no me moví porque me enamoré de una islandesa. Por ella me puse una cresta y me hice okupa. No me hizo ni caso en materia sexual, pero al menos era la única del edificio a la que le gustaba el exotismo de mi bandurria.
