viernes, 9 de marzo de 2012

MI LUGAR DE TRABAJO



Rafael Caunedo
Artículo publicado en la sección DECORARTES de la revista CULTURAMAS. Marzo 2012.
Por Rafael Caunedo.
Llevo unos días cotilleando los lugares de trabajo de algunos escritores. Escriben en lugares aparentemente distintos, pero casi todos comparten las mismas cosas. Eso sí, los hay originales, como Joe Haldeman, del que no puedo opinar de su estancia ya que trabaja a oscuras, tan sólo alumbrado por la luz de dos velas, lo justo para poder ver la punta de la pluma con la que escribe.
Da la sensación, analizando el conjunto, de que los escritores somos unos maniáticos incorregibles, y que, además, salvo honrosas excepciones, casi todos pecamos de desordenados; aunque algunos prefiramos llamarlo “caos ordenado”.
Mi mesa es sencilla, todo lo contrario de la de la mayoría de los consagrados. Debe ser que las ventas masivas les hacen apoyarse en mesas corpulentas, ciclópeas, generalmente de madera noble y con muchos cajones con llave. Mi mesa no tiene cajones, de modo que a mi izquierda hay un mueble auxiliar a ese efecto en el que guardo todo aquello que no me vale para nada. Para escribir este artículo, he revisado esos cajones y de pronto han aparecido dos billetes a Johanesburgo. Así que, echando cuentas, llevo dos años sin abrirlos. Podría ponerme en evidencia especificando todo lo que ahí guardo, pero no voy a ser yo quien me humille a mí mismo.
Encima de ése mueble tengo un equipo de música, con la peculiaridad de que sólo tiene dos emisoras memorizadas: Radio Clásica y Radio3. Muchos escritores también tienen equipos en sus despachos. Algunos no pueden escribir si no tienen música de fondo. Yo sólo la pongo si la pelea de mis hijas está siendo especialmente violenta.
En cuanto a la colocación de la mesa, he comprobado que casi todos prefieren tener espacio diáfano delante. Debo ser sincero y decir que empecé con la mesa debajo de la ventana, pero las pistas de tenis de enfrente eran una tentación demasiado fuerte. Así que me he castigado de cara a la pared, a la que puse rayas para evitar mirarla demasiado. Siempre me han mareado las rayas.
Suele haber una tetera cerca del ordenador, cosa que sorprendentemente he visto a mas de uno. La mía es de barro y dice que es inglesa.
Generalmente, los escritores se las apañan para trabajar en soledad. Sin embargo es curioso que la gran mayoría escriben junto a su mascota, con especial preponderancia del gato. Yo tengo una perrita, rubia, estilosa y con una caída de ojos que seduce a cualquiera.
Casi todos utilizan su lugar de trabajo como ‘receptáculo’ de recuerdos. Yo, para eso, empleo la cabeza. Suelo quedarme sólo con cosas pequeñas. Por ejemplo, me gusta esconder entradas de cine en los libros de mi biblioteca. Es una manía absurda, lo sé, pero prefiero eso a traerme un colmillo de elefante desde Uganda.
Como esta es una sección de decoración, debo confesar que después de ver los lugares de trabajo de escritores internacionales, me he dado cuenta de que no están sujetos a modas ni tendencias. Creo que los escritores van (o vamos) por libre, al menos en ese espacio privado en el que no nos gusta que nos toquen. Porque, eso sí, la mesa de trabajo es propiedad privada y ay de aquel que ose ordenarla.

jueves, 8 de marzo de 2012

LA EXCUSA

Era consciente de que se trataba de un sueño, pero como no le estaba gustando prefirió despertarse. Después se vistió y se fue a su casa maquinando una excusa.

lunes, 5 de marzo de 2012

EL INTERNADO


Estuve un año interno en el monasterio de El Escorial. Compartía habitación con un malagueño y un sevillano más golfos que yo. Dormía en una de esas ventanas que se ven arriba a la izquierda, en el tejado de pizarra. Este es el famoso patio de los Reyes. Todas las mañanas, un amigo que dormía cuatro habitaciones más allá, sacaba un cassette a la ventana y nos despertaba con Marlene Dietrich cantando Lily Marleen con el volumen aumentado por el eco del recinto empedrado. Cada vez que lo oigo, no puedo por menos que acordarme de aquella época. No se trata de nostalgia, simplemente me gusta darle al REW de mi vida de vez en cuando. Aquí os dejo con mi recuerdo:

http://www.youtube.com/watch?v=MO0lUXnAs-U

domingo, 4 de marzo de 2012

EL 'MAL DE LA LUZ'

Artículo publicado en la sección DECORARTES de la revista CULTURAMAS. Marzo 2012


Rafael Caunedo
Por Rafael Caunedo.
Me llevó a un restaurante que ella conocía. Yo había pasado por su puerta miles de veces pero nunca me había dado por entrar. Es uno de esos que tienen grandes cristaleras que dan a la calle, una calle comercial y vistosa, de las que lucen mucho en navidad. Cualquier persona que pasee por la acera puede ver al detalle hasta la última mesa del local. Siempre que paso por allí pienso que algo falla.
Es un mal generalizado y muy común. Hay restaurantes que parecen estudios de rodaje, como este que os cuento, que en cuanto entras, tardas unos segundos en acostumbrar la vista a aquel despliegue de luminotecnia. Es el ‘mal de las bombillas de bajo consumo’ . Que sí, que gastan menos, pero su luz es horrible. Claro que también depende de cómo se usen. Hay negocios que se gastan una millonada en poner cemento pulido en el suelo, madera tratada en las paredes, sillas de diseñazo y camareros supermajetes con patillas de hacha e inglés perfecto, pero que de pronto lo estropean todo con tanta luz y tan mal distribuida. No sé por qué, pero se empeñan en poner luz a tutiplén, que no se note que estamos en crisis, y colocan por todas partes unas bombillazas blancas de luz de oficina.
El resturante al que ella me invitó por mi cumpleaños es, además, blanco, de modo que aparte de salir moreno, al entrar tenías lasensación de estar accediendo a la morgue de un hospital. Mientras cenas, la gente de la calle te mira a través del escaparate esperando ver a los protagonistas de la película.
En Europa esto no es así casi nunca. Los restaurantes suelen tener un toque intimista, incluso a veces dudas si estará abierto, acostumbrado como estás a los de España. Es como si las bombillas de bajo consumo fueran también de baja intensidad. No es extraño, además, que se añadan velas. Seré idiota, pero a mí las velas me encantan, y no sólo para cenas de parejita, sino también para las familiares, e incluso las de negocios. Prefiero eso a un foco de las SS encima de la cabeza.
La luz me estresa, así que aquel día cené rápido. Eso sí, en el segundo plato la pregunté si se quería casar conmigo y, de la emoción, nos fuimos sin pedir el postre. Teniamos ganas de estar solos e irnos de aquel ‘anuncio’.
Pasados los años, ya casados, ambos compartimos el gusto por la luz tenue. Mi suegra dice que vivimos en penumbra, pero nosotros estamos encantados. Preferimos las luces indirectas, esquinadas, y sólo encendemos los halógenos del techo cuando buscamos algo debajo de los sillones. Puede que yo sea más ‘extremo’ que ella, incluso a veces pienso que soy fotofóbico, pero me gustan las casas que inspiran paz. Me he dado cuenta de que cuanto más potente es la luz, más alto hablo y más rápido me muevo. Así que, como debo tener algo de oso perezoso, en mi casa siempre tenemos la luz justa.

sábado, 3 de marzo de 2012

MI BAÑO

Soy Robertto Bagnoli y hasta hace poco era contratenor. Vivía a las afueras de Milán, en un caserón del siglo XVIII que compraron mis padres cuando yo era niño. He pasado media vida girando por el mundo y la otra media encerrado en la casa.
En el segundo piso había un gran cuarto de baño que, dada su amplitud y su especial acústica, me gustaba para ensayar desnudo frente al espejo. Tanto tiempo pasaba allí encerrado que decidí encargar un trampantojo a un artista veneciano con tendencias suicidas, con talento para todo menos para quitarse la vida.
Eliminó los azulejos de toda una pared y en su lugar pintó una selva tropical, de suerte que cada día, al ensayar frente al espejo, me veía como si estuviera en pleno trópico. Un día, pasadas algunas semanas, un ave de colores chillones apareció pintado en el trampantojo. Era un guacamayo o algo así. Surgió mágicamente y lo dejé pasar. Pasado un tiempo, los ojos color caramelo de un leopardo me observaban desde detrás de una palma. Uno tras otro, un buen número de espectadores fueron apareciendo en mi baño.
Comencé a no querer salir de allí. Cancelé entonces la gira y mi representante me llevó a los tribunales. Un médico vino a casa acompañado de un agente de policía venido desde Roma. Rellenaron muchos papeles y me hicieron firmar otros tantos.
Ayer llegué aquí; no sé muy bien dónde. Apenas he podido dormir. He buscado un espejo para cantar pero me han dicho que están prohibidos. Además, en esta habitación acolchada no hay puerta y la acústica deja mucho que desear.

viernes, 2 de marzo de 2012

...Y AHÍ SIGUE...



Wollengasse, 13...
No era una calle, era una carretera, la carretera que unía dos pueblos a cada cual más desconocido, apartados de todo aquello que tuviera que ver con la civilización urbana y cuya referencia en los mapas se limitaba a un puntito negro, una cagadita de mosca. Una zona con aldeas diseminadas, como enfadadas, unidas por los viñedos y separadas por los bosques. Y allí, en medio de la nada, estaba la entrada a Tallherkampf, sin puertas, sin vallas, sin cerramientos, sólo un simple camino de grava diseñado por las rodadas de un Mercedes color hueso de más de treinta años que ostentaba en exclusiva la potestad de transitar por él. Casi.
El cielo amenazaba lluvia y en Austria esa amenaza no cabe duda de que siempre se ejecuta, a cada instante. Además, aunque no llueva, el suelo siempre está mojado, brillante, con el fulgor de una mopa recién pasada. En Austria todo moja; la hierba, los pastos, los guijarros del camino. Hay charcos que son legendarios y que han sido testigos del devenir de la historia de este país. Por un charco cerca de Tallherkampf pasó la comitiva de Hitler al poco de concluir la invasión. Y ahí sigue.

Párrafos de la novela HELMUT, editorial Atlantis. 2011.



jueves, 1 de marzo de 2012

EL OLOR DE LA MEMORIA


Artículo publicado en la sección DECORARTES de CULTURAMAS. Marzo 2012.
Por Rafael Caunedo.

Rafael Caunedo
Mis abuelos tenían una casa en un pueblecito por ahí perdido en la que, de año en año, pasaba algunos días de vacaciones. Era una casa rústica, tan rústica como los lugareños con los que cada tarde te cruzabas paseando por los caminos, sobre todo señoras, de esas que me pellizcaban los carrillos y hablaban a voces. Tenía la casa dos plantas y un jardín con árboles, todos ornamentales menos uno, una higuera, que me surtía de lo que con el tiempo se ha convertido en uno de mis frutos favoritos: los higos. A la sombra de esa higuera me sentaba yo a leer a la hora de la siesta mientras mis abuelos dormían dentro, cada uno en una habitación, refugiándose de la solana. Era una casa fresca, por no decir fría. Andar descalzo por sus pasillos era catarro asegurado, y como te pillara por medio una corriente traicionera, te jorobaba el verano.
Mi abuela cocinaba como las abuelas, sin recetas ni libros de cocina. Empleaba el sentido común y la herencia genética a partes iguales. Todos los días hacía pan, de suerte que la casa por las mañanas olía a tahona. Por más que se abrieran las ventanas, el olor no se iba, como si prefiriera estar allí dentro, al albur de aquel remanso de tranquilidad. Mi hermana decía que se aburría con tanta paz. Yo en cambio, gracias a eso, he crecido con una tendencia enfermiza al silencio. Sólo el canturreo de misa de mi abuela rompía aquel encanto. Lo hacía mientras espachurraba la masa para meterla en el horno. Eran canciones sin letra, o al menos yo no lograba entenderla, una especie de mantra con la que acompañaba el proceso del pan.
Cuando yo aún estaba en la cama, subía cada mañana ese olor a bollo, a pueblo, y mis tripas comenzaban a retorcerse al imaginarse una tostada recién hecha embadurnada de mantequilla y mermelada, nada de aceite, que por entonces no se estilaba. Bajaba dando botes por la escalera, despeinado y con legañas, siguiendo el soniquete de mi abuela hasta llegar a la cocina. Un beso mal dado, rápido y ansioso, para después subirme a un taburete cojo, abrir la alacena y sacar un tazón. Una alacena de castaño, vieja como mi abuela y suave como mi madre. Tantos años en aquella cocina, hicieron que el olor se colora por cada poro de la madera.
Hoy esa alacena está en mi casa, en ella guardo la vajilla y la nostalgia de aquellas vacaciones. Cada vez que la abro, me huele a pan; es como una caja de música que al abrirla suena una canción de mi abuela. Yo no hago pan, ni canturreo mientras cocino, ni en casa hay muebles evocadores. A veces tengo la sensación de que no voy a dejar huella en los objetos que me rodean. Tal vez sea la fugacidad de su existencia, o en la dichosa ‘obsolescencia programada’, pero tengo dudas razonables de que mis hijos, cuando sean mayores, me vean y me escuchen cuando saquen un tazón de algún mueble. Tal vez, eso sí, me asocien a un ordenador y a una silla de oficina, sin olores ni músicas. Tendré que replanteármelo.