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domingo, 1 de julio de 2018

CADA NOCHE LA ÚLTIMA REPRESENTACIÓN


(Relato publicado en el número 2 de LA GRAN BELLEZA, junio 2018. La gran belleza)

Oigo el murmullo del público mientras va llenando la sala. Estáis ahí detrás, tan solo nos separa una pared de mentira. Miro la hora en mi reloj de atrezo de los años cincuenta. Las agujas no se mueven; llevan meses señalando la misma hora, paradas como mis sueños. Ojalá pudiera detener el tiempo. O quitarme el mecanismo. O recordar lo que eran las expectativas, los objetivos, los anhelos. Me cuesta tragar saliva y pido una botella de agua a un tramoyista. Está fría, demasiado fría. Siento una palmada en la espalda, suave, una especie de caricia de consolación. Me giro. Es mi compañera de escena. Me guiña un ojo mientras se ajusta la peluca, pero no me dice nada. Sabe que a los actores no nos gusta que nos hablen en estos momentos. Sonrío. Falseo una sonrisa con una interpretación soberbia, con una caída de ojos propia de un galán trasnochado, un leve movimiento de cabeza y un sonido gutural apenas audible, una especie de escape que quiere confirmar que estoy bien. La engaño; creo que la engaño. Ella me hace creer que la engaño. Oigo a alguien calentando la voz en el camerino del fondo. Yo ya no caliento la voz antes de salir a escena, simplemente la proyecto hacia el fondo de la sala, hacia la puerta de salida, hacia el punto exacto por donde me gustaría desaparecer. La megafonía del teatro avisa para que se apaguen los teléfonos móviles. Me acuerdo del mío. Lo he dejado sobre la mesa, al lado de la tetera con tisana de valeriana, mi pastillero y un vaso vacío con hielos derretidos y el cadáver ahogado de una rodaja de limón. Nadie me llamará, seguro, todos saben que a estas horas soy otro y nunca estoy. No quiero estar. Oigo el último aviso y percibo como la luz que entra de la platea por debajo del telón va desapareciendo hasta convertirse en oscuridad. Un piloto rojo se enciende. Trago saliva, miro al suelo y no sé si entrar o salir corriendo.

Pienso que os daréis cuenta. Cada noche, antes de salir a escena, pienso que os daréis cuenta. Mi mano tiembla. No es miedo, ni nervios. Tiembla enferma, disfuncional, egoísta e independiente. Mis amigos dicen que, si no me cuido, el temblor irá a más. Y yo a menos.

Dudo si debo salir. Últimamente todo son dudas. Vivo en una duda. No sé cuándo debo parar; no sé cuándo desaparecer. Nadie me dice dónde está la salida de emergencia de la vida. Cada día pospongo el momento en que huya, pensando que tal vez mañana sea mejor. Mi reloj de atrezo marca la misma hora que hace un rato y quiero creer que el tiempo no ha pasado mientras decido. Cada noche me digo que será la última. Escondo la mano en el bolsillo del pantalón, así que solo interpreto la mitad de mi papel. Me miraréis sin ser conscientes de que soy un cincuenta por ciento menos. Puede que mueva el doble la otra mano para compensar. ¿Cuál será la noche elegida para no venir? Esa es mi duda. Hoy estoy aquí, a punto de salir a escena, con mi mano temblando en el bolsillo, sin saber dónde está la raya roja que me impida seguir.

Voy a menos, lo sé, no me importa saberlo. Pero no quiero que el público lo sepa. Que vosotros lo sepáis. Me miro los zapatos de época, acharolados, inmóviles. No quieren moverse.  No sé si salir. ¿Será hoy el día? Siento de nuevo el calor de una mano en mi espalda. Mi compañera me anima a salir. No quiero hablarla por si huelo a ginebra. Creo que ella lo sabe, sabe que he bebido, sabe que cada noche salgo borracho a escena. Lo ve en mi mirada, no en mis ojos; lo escucha en mis silencios, no en mis palabras.

Me he pasado con el perfume. Sé que es un olor fuerte, a madera y sándalo, lo suficientemente fuerte para contrarrestar el otro, el olor a bar, a soledad y miedo. Con la excusa de suavizar la garganta, chupo un caramelo de menta. Me arde la boca. Hay una escena en la que beso a mi compañera. Llevo meses besándola. Un beso al día. El único beso que doy, lo da otro. Igual que los últimos cinco años. Tal vez mi ex mujer haya venido a verme al teatro. La imagino con su nueva pareja entre el público. “Mira, ese de ahí, el borracho, es mi ex”. Puede que salga solo por el beso. Son labios blandos, mullidos y acogedores, parecidos a los de mi ex mujer, pero sin odio. Mi beso diario es un beso de muñeca de látex, sin alma. Mi compañera cierra los ojos mientras me besa, seguro que pensando en otro. Hace bien.

Necesito un trago. Otro. Otro más. Pero el telón sube. Estoy en el centro del escenario. Solo. Debo dejar que mi personaje me posea y ocupe mi lugar, dejar de ser yo para ser otro. Debajo de la chaqueta siento como el sudor empapa la camisa. En el tercer acto tendré que quitármela y resultaré patético. Me la dejaré puesta. El telón está arriba y un foco de luz tenue me ilumina poco a poco. Veo los rostros pálidos de público. Me miráis expectantes. Inspiro, controlo la respiración, guardo el temblor de mi mano en el bolsillo y comienzo a vivir la vida de otro. Dos horas en las que dejo de beber. Tengo la voz gastada, maltratada, pero aún tiene la fuerza suficiente como para resultar creíble. Esperáis que hable, impacientes por saber si hoy será el día que me rompa. Dicen que soy un actor creíble, de esos que transmiten emociones. Mis besos parecen reales. Lo son. Todo es falso menos el beso.

La ginebra recorre mi cuerpo al ritmo del corazón; latidos de alcohol que me mantienen en pie sobre las tablas. Ya no puedo salir sobrio. Me maquillo para salir. Lo bueno que tiene el teatro es que no hay primeros planos como en el cine. Otros calientan la voz; yo disimulo evidencias. El espejo de mi camerino está rodeado de bombillas apagadas.

Ahí estáis, mirándome, esperando que hable. Me tomo mi tiempo siguiendo las indicaciones del director en los ensayos. Un minuto en silencio mientras nos miramos. Mi personaje os reta. Yo no puedo hacerlo; él sí. Os regalo mi último papel, mi última representación. ¿De verdad será la última? Veo al fondo la luz verde que indica la salida. No parpadeo, así que los ojos lagrimean. La cobardía me obliga a posponer mi huida.

Otra noche más que me quedo. ¿Cuándo os daréis cuenta de que estoy acabado?


miércoles, 7 de marzo de 2018

LA PERSPECTIVA DE LA BELLEZA


Hace frío. La nieve se acumula en la base de los muros de piedra orientados al norte. Los carámbanos cuelgan del alero como sables a punto de caer. El viento gélido busca cobijo intentando infiltrarse bajo su bufanda. Se para frente a la casa, esa casa a la que no entra desde que ella se fue, y nota como una lágrima se congela en su pómulo.
Enio vive en la ciudad y cada sábado llega hasta ese lugar perdido en la montaña donde los dos rehabilitaron un pajar para convertirlo en su refugio. Siempre se acerca con temor. Sus huellas quedan hundidas en la nieve detrás de él llegando hasta el todo terreno del que acaba de salir. Plantado allí, con las manos en los bolsillos del abrigo y los hombros encogidos, mira la puerta de doble hoja que ambos rescataron de un derrumbe. Recuerda el esmero con que ella la restauró, manteniendo la cerradura original, tan antigua que ya no se hacen llaves que la hagan revivir. La dejaron de adorno, solo por estética. “Porque es bonita”, dijo ella, “solo por eso”.
Enio avanza, hunde los pies en la nieve virgen, y se agacha para mirar por la cerradura, como cada sábado desde que ella se fue.
Me gusta el mar desde la costa, pero no me gusta navegar. Suelo venir por las tardes a los acantilados, con mi libro y mis ganas de evasión. Hoy hemos venido todos: Sofía, yo y los niños. Los oigo detrás de mí, reír, gritar, llamarse. Me gusta escuchar sus voces mientras miro el mar. Las olas rugen abajo estallando contra la roca. Aquí arriba, el sol tiñe de naranja mi camisa de lino blanco, abierta y descuidada. El atardecer es ese momento en que la vida para por unos segundos y la belleza lo pinta todo de colores, hasta los sueños.
Sofía sabe que me gusta ese momento y se sienta a mi lado para compartirlo. Su pierna se apoya en la mía y siento como su calor traspasa la tela de mi pantalón. La miro. Se aparta un mechón de pelo que el viento le ha pegado a los labios y se lo coloca detrás de la oreja, para que al instante vuelva a soltarse.
“Qué bonito es esto”, dice. Para Sofía todo es bonito. Lo que creo es que no ve lo feo; o no quiere verlo. Los dos miramos a lo lejos, a la línea del horizonte donde un barco pesquero acaba de encender una luz. “¿Te gustaría estar en ese barco?”, le pregunto. Lo piensa un rato. “No”, dice por fin, “me gusta si solo lo miro desde lejos. Seguro que el marinero mira a los acantilados aturdido por su belleza a esta hora. Tal vez nos vea a nosotros y nos envidie”.
La belleza es perspectiva, pienso. “Tomar distancia embellece”, le digo, “solo quiero tenerte cerca a ti”.
Siempre me han gustado las manos de Sofía cuando se juntan con las mías. Y sus labios. De cerca; tan cerca que no los puedo ver, solo sentir. Con Sofía las distancias siempre tienen que ser cortas, al contario que los barcos. Me gusta el olor de la crema de cuerpo cuando se mete en la cama, el orden de su armario y cómo se le achinan los ojos cuando sonríe. Ahora calla, solo contempla la belleza del mar. Ambos sentimos que nos nutrimos de ella; es la energía positiva de lo bello. Una gaviota traza una línea frente a nosotros, partiendo la imagen en dos. El sol se va, y nosotros con él.
Sofía se levanta primero, se sacude las briznas de hierba seca de sus vaqueros, y me ayuda a levantarme. No lo necesito, pero me gusta que me ayude porque así puedo abrazarla. Los niños nos ven y vienen hacia nosotros. El pequeño se abraza a mi pierna. El mayor ya nos abarca a los dos, a Sofía y a mí. Cómo pasa el tiempo.
Y es así como me imagino la felicidad: el momento sublime en que todo es eso y nada más que eso. Nosotros y lo bello.
 Le falta el aire y se separa de la cerradura. Se incorpora con la rapidez que le permiten sus achaques. Es incapaz de seguir mirando por hoy; volverá el sábado que viene. Tal vez lo haga con sus nietos. Le gustaría que conocieran a su abuela, que vieran su sonrisa y que la dijeran que, aunque no la hayan conocido, la echan de menos. Como él.
La belleza es una cuestión de perspectiva, piensa, de distancia, pero tú estás demasiado lejos. Quisiera abrir esa puerta y quedarme contigo. Después, se da la vuelta despacio y, pisando sobre sus huellas en la nieve, vuelve al coche y se aleja carretera abajo.

martes, 16 de enero de 2018

MI PADRE Y EL HOCKNEY

El día que me comunicaron la muerte de mi padre me encontraba en lo más alto del Al Faisaliyah Center de Riad, Arabia Saudí, justo allí donde Norman Foster ha ideado un lujoso restaurante giratorio como colofón a un edificio basado, según confesión de mi insigne colega, en un boli BIC. Mi teléfono estaba sobre la gran mesa redonda que me separaba del jeque bin Salmán bin Abdulaziz Al Saud y su séquito. Lo había dejado allí al comenzar la reunión, igual que hacen los pistoleros con su revolver cuando se sientan a jugar al póker...
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domingo, 8 de abril de 2012

UNA HISTORIA DE QUIRÓFANO


Armando es ayudante de quirófano, una labor en la que siempre se había mostrado competente hasta el día que se enamoró de Carolina, la nueva cirujana jefe, que le ha hecho perder la cabeza.
Ayer fue su cumpleaños y entre todo el equipo compraron un pañuelo de seda de Loewe, un toque de distinción que Carolina agradeció repartiendo besos antes de salir hacia casa.
Armando quiso quedarse el último disimulando con un innecesario repaso a la agenda. Cuando Carolina se acercó a él, el ayudante sacó un sobre de su bata y se lo entregó a condición de que lo abriera en casa. Carolina lo guardó en su bolso pensando que era una carta standar de felicitación, una de esas con mucho colorín que tienen música cuando las abres.
Llegó a casa cansada después de una exigente jornada. Mientras se desnudaba para ducharse, se acordó del sobre. Y en el mismo momento que leía con sorpresa e incredulidad su contenido, entró su marido en la habitación. Carolina, incapaz de reaccionar ante la simple pregunta "¿qué es eso?", improvisó lo primero que se le vino a la cabeza intentando disimular su nerviosa y precipitada cavilación. Pasados unos segundos de incertidumbre, le dio el contenido del sobre a su marido al grito de ¡sorpresa!.

Invitación para dos personas. Dos noches. 
Parador Nacional de Granada.
La Alhambra, Granada.
Llegada 14 de abril
Salida 16 de abril
En espera de confirmación.

Esta mañana, Carolina y Armando han hablado en privado en un reservado de una cafetería cercana al hospital y lo han dejado todo claro. Armando se temía lo peor, sin embargo, Carolina sólo le ha pedido que cambie las fechas y el Parador.