En la panda del colegio había un homosexual. Lo sabíamos todos menos él. No había que ser muy avispado para darse cuenta, pero él negaba la evidencia. Su padre, que ya le tenía asignado un futuro de acuerdo a su criterio, le hubiera matado. Fue el último en tener novia, pero la tuvo, aunque sólo para guardar las apariencias. Un día, el resto del grupo quedamos para hablar del tema y sacarle del armario. No llegamos a ninguna conclusión, nadie quiso dar el paso. Algo tan personal debe afrontarse solo, dijo uno. No sé, tal vez no, a lo mejor sería aconsejable que le diéramos un empujoncito. Pero no, no lo hicimos, y un día nos llegó su invitación de boda. Fuimos todos con la esperanza de que recapacitara en el último momento. En el altar de los Jerónimos dijo "sí, quiero". Sólo le creyeron su mujer y los compañeros de partido, con su dirigente nacional a la cabeza. Nosotros sabíamos que aquello era una farsa y no hicimos nada. Hoy, cada vez que lo veo en el periódico o en el telediario no puedo por menos que arrepentirme de no haberlo intentado.
por Rafael Caunedo © todos los derechos reservados. http://rafacaunedo.wixsite.com/escritor
jueves, 28 de julio de 2011
miércoles, 20 de julio de 2011
DIARIO DE UN NORUEGO
La semana pasada me compré unas sandalias porque quiero ser noruego. Ayer las estrené junto a un resplandeciente par de calcetines de tenis. Al mirarme en el espejo, me di cuenta de que me faltaba algo. Le pedí entonces a mi vecino uno de esos bermudas de cuadros con los que juega al golf. Después me compré una camiseta con el toro de Osborne y, de remate, un sombrero panamá y una cámara de fotos marcando paquete en el bolsillo del pantalón. Ya soy noruego, pensé, así que me fui a una oficina de información para darme una vuelta por Madrid.
Martes, 19 de julio
La primero que he hecho es levantarme tarde. Ahora entiendo eso de que el desayuno lo den en el hotel hasta las once nada menos. He bajado a las once menos cinco para darme el gustazo. Eso sí, con un hambre vikinga. El resto de noruegos han invadido el comedor como hicieron nuestros ancestros en media Europa hace unos siglos. Luego he salido del hotel atiborrado de bollos y fruta. El salmón lo he dejado para Oslo. En la calle me he dado cuenta de que me brillaban las canillas. Las tengo blancurrias como buen noruego y a la media hora ya me escocían las rodillas. De ese guisa he ido al Prado, he aguantado hora y cuarto de cola y he conocido a un danés. Hemos visto juntos el museo. Ha sido una visita rápida, de compromiso más bien, porque los dos estábamos deseando ir a otro museo, el del jamón, para conocer eso que llaman "tapas". Después hemos paseado por el centro, esquivando gente y estatuas vivientes. En Oslo, las estatuas viviente sólo tienen un par de meses de trabajo, el resto son esculturas de hielo. Me he sentado en una terraza de la plaza mayor. Es curioso, pero no había madrileños por ningún lado. Me pedí una cerveza: siete euros sin tapa. En el mercado de San Miguel he pedido un vino a gritos y el camarero lo ha vuelto a repetir pero gritando aún más. Ya con hambre, me he metido un plato de paella sentado a pleno sol en una acera en la que los autobuses pasaban a cincuenta centímetros de mi silla. El calor me estaba matando de modo que me fui al hotel a hacer eso que llaman siesta. Esta gente come a las tres y luego se duerme. No lo entendía hasta que, al tumbarme con el aire acondicionado, me he quedado frito hasta las seis. Luego he salido a los 38 grados de la calle, que más o menos es la temperatura en que se licúa el alquitrán. Después, el guía nos ha llevado a una plaza de toros. Nos han sentado en un banco de hormigón con una almohadilla y un cucurucho de cacahuetes. Al segundo toro, a punto de vomitar la paella, me he separado del grupo y me he ido. He cenado solo en una terraza dónde nadie hablaba español. Es curioso que aquí todo lo hacen en la calle. Tengo la sensación de que me he pasado el día comiendo y durmiendo. Son las doce de la noche y no tengo sueño. Esta gente está saliendo ahora de casa. Estoy contento pero desorientado porque no sé si las pipas que me han puesto con la sangría son para comer o para plantar. En fin, mañana sigo.
viernes, 15 de julio de 2011
EL BURRO
Cuando yo era niño, monté una vez en burro. Pasaba unos días en la casa de la familia de un amigo de clase. Sólo lo he hecho una vez, y ya. El abuelo de mi amigo me invitó a hacerlo. Me alzó y me dejó allí, con las piernecillas colgando. Yo creía que los burros iban con silla, como los caballos en el oeste, pero descubrí que no, sin silla ni riendas. Era muy tímido así que no pregunté dónde se agarraba uno. Pobre burro, pensé, pero no me queda más remedio que cogerme de sus pelos, que no crines, sino pelos, duros, ásperos y apelmazados. El abuelo de mi amigo hizo un ruido con la boca y aquello empezó a moverse. Él iba a mi lado, lo que no me tranquilizaba nada porque el burro no hacía más que mirarle, como si quisiera encontrar el momento para escaparse. Y justo así fue. El abuelo se quedó hablando con un vecino y el burro siguió su camino por las calles del pueblo. Me quedé solo con aquel animal que se negaba a obedecerme. Claro que, mis órdenes no debían ser las apropiadas. Para, bonito, para. Y allí iba yo, por en medio del pueblo, como en procesión, agarrado lo más fuerte que podía y recibiendo la mirada de todos con cuanto me cruzaba. Casi todos se reían. El burro abandonó la avenida principal y se metió por callejuelas. Yo, desesperado, le pedía que se parara, pero nada. Por fin llegó a un corral que estaba abierto. Se metió y se puso a comer tan tranquilo. Y allí me quedé yo, mirando como el puñetero burro daba buena cuenta de la huerta de un vecino. Una hora y media después, llegó mi amigo con su abuelo, tan tranquilos. Me bajaron como pudieron. Tenía el culo hecho una pena y, para colmo, vomité por insolación. Desde entonces, veo un burro y me pongo malo.
jueves, 14 de julio de 2011
PASTILLERO
J.P. se compró un pastillero en un anticuario de Praga. Simplemente le pareció bonito. Empezaba la primavera y, al llegar a Madrid, metió la única pastilla que necesitaba, el antiestamínico para la alergia al polen. El caso es que empezó a notar que le daban sueño, por lo que metió una pastilla para estar despierto. Esa pastilla tenía una contraindicación importante, daba apetito, un hambre voraz, por lo que tuvo que meter una pastilla para quitar grasa. Estaba engordando un montón, lo que le irritaba, entonces decidió meter otra pastilla para bajar la tensión. Llegaba a casa tirado por los suelos. Su mujer, más entera que él, le pedía un esfuerzo horizontal, pero nada. Al día siguiente, metió viagra, un estímulo que le ayudaba en la cama pero le agotaba en el trabajo. Metió entonces un complejo vitamínico para animarse, pero tanto se animó que le dio un infarto. Ahora toma veintitrés pastillas. Dice que es feliz, pero no me lo creo.
UN TIPO PECULIAR
* * *
"No hay persona más repulsiva que un artista, un así llamado intelectual, incluidos los escritores. Los escritores suponen la degradación del género humano por cuanto su vanidad les rebosa y les rebasa hasta convertirles en seres repulsivos, vomitivos. Un escritor sólo se escucha a sí mismo, es incapaz de valorar el trabajo ajeno, suelen ser rencorosos y me hacen sentir bochorno cuando les oigo hablar. No puedo imaginarme compartir mesa con cualquiera de ellos, ya me duele la cabeza con sólo pensarlo. Son personas seguras de sí mismas y yo odio a las personas seguras de sí mismas. Odio a los que se dicen dotados con perfil de liderazgo. Odio a los cabecillas y sobre todo, odio a las personas que dicen no tener pelos en la lengua porque tarde o temprano te clavarán un cuchillo por la espalda. Teme a aquel que diga que va con la verdad por delante porque algún día terminará por mentirte. Odio a los que van de sinceros, a los escritores que caminan un metro por encima del resto de los mortales. No soporto a los escritores, esos que se dicen intelectuales y que se creen que su opinión nos importa, cuando en realidad nos interesa un carajo. Me dan asco". HELMUT BRANDAUER
* * *
martes, 12 de julio de 2011
EL BLOG
Cuando Willy Wilder estaba viendo un partido de fútbol americano, un jugador, incapaz de frenar su carrera, se llevó por delante a un pacífico cámara que retransmitía el evento en directo. Ese hecho, lo que para todo el mundo no fue más que un motivo de carcajada, fue para Willy Wilder el chispazo de salida para que su imaginación creara el guión de "En bandeja de plata". Ya no hubo partido, nada más, sólo fabulación.
Pues bien, eso, salvando las distancias, claro, es lo que me pasa a mí a diario. Cuando voy andando por la calle, todo lo que me encuentro son principios de historias. Antes, las almacenaba en la cabeza y con el tiempo se perdían, o como mucho, las anotaba en las miles de hojas sueltas que andan por mis mesas. Pero desde hace unos meses algo ha cambiado en mi proceder. Fue que se me ocurrió, a eso de finales de febrero (total, cuatro meses y medio) abrirme un blog para ver qué pasaba. Lo hice como sistema descompresor y liberador de la imaginación. Mi amiga Anne dice que soy un soñador, pero yo creo que tengo un mundo paralelo en el que me gusta esconderme más a menudo de lo que debería. Busco refugio en la ficción y no lo puedo evitar.
Por eso, cuando veo que en tan sólo cuatro meses y medio, Mundo voluble ha recibido ocho mil visitas, me sorprende y me emociona. Espero que mi agradecimiento parezca tan real como lo es en verdad, porque de todo el blog (bueno, de casi todo), es lo único verdadero que he escrito.
Hoy estoy así. Un beso grande a todos.
lunes, 11 de julio de 2011
LAS PERVERSIONES
Parece mentira que por la tontería del bolígrafo esté hoy aquí, desnudo, con un capuchón en la cabeza.
Todos los días a la misma hora, hacía girar el bolígrafo sobre la mesa y dejaba que su punta me marcara el destino. Últimamente me pasaba algo curioso: siempre apuntaba al mismo sitio. La cosa era siempre igual. Iba al VIPS, pedía el desayuno continental mientras leía el periódico, y hacía girar el bolígrafo. Daba igual dónde me hubiera sentado, en mesa o en barra baja, el caso es que su punta se dirigía siempre al mismo objetivo: la cajera. No sé, sería una señal del más allá o una revelación extraterrestre, me daba igual, pero no podía impedir que mi cabeza fabulara sobre las mil y una razones de aquel presagio.
Algo estaba claro: tenía que hablar con ella. Después de tantos desayunos ya teníamos cierta confianza, así que un día me atreví a ser más hablador. ¿Sabes que mi bolígrafo te señala todos los días? Dicho así, en frío, hizo que la cajera desconfiara de mi cordura. Le traté de explicar la estupidez y le hizo gracia. Quedamos al salir del trabajo para tomar algo.
Era muy simpática. Me contó que los fines de semana era cetrero, pero como eso no era negocio, tenía que buscarse la vida en otra cosa. ¿Cetrero?, ¿de verdad? , y bastó un mínimo interés por mi parte para que empezara a hablarme de halcones, aguiluchos, señuelos y plumas. Llevaba un capuchón de cuero en el llavero del coche. Se animó a hablar y a hablar y ya no paró hasta mi primer bostezo.
Comenzó así mi relación con un cetrero. Es buena chica, la verdad, si no fuera por esa manía suya de llevar al extremo sus pasiones. Le gusta hacer el amor sólo si yo llevo puesto un capuchón en la cabeza; y lo que más la excita es darme de comer carne cruda de su mano. Sólo llevo tres días haciéndolo y ya estoy descompuesto. A mí no me va este rollo pero ella está encantada. No sé si debería decirle la verdad o contarle algunas de mis perversiones para compensar. A lo mejor, esta noche, le digo lo de la profesora ninfómana.
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