martes, 7 de febrero de 2012

LA MADRE DE MI NOVIA

A veces tengo alucinaciones. Mi amigo A.C. dice que son tonterías, pero yo sé que no. Ayer mismo, sin ir más lejos, miraba a la madre de mi novia mientras tomaba el sol en su piscina. Son los cuarenta y tres años   mejor llevados que conozco. Pero fue aparecer mi novia por el jardín, y su madre se convirtió en iguana. Yo creo que me hace budú o algo así; me tiene poseído y me da miedo confesarla que ya no me gusta, y que si voy a su casa es por ver a su madre embadurnarse de crema. No sé qué hacer.

viernes, 3 de febrero de 2012

LA PRESENTADORA DEL TELEDIARIO


Es la presentadora de telediarios más guapa de la historia de los telediarios. Estoy perdidamente enamorado de ella y, además, va al mismo gimnasio que yo. Mientras yo babeo, ella corre en la cinta. Cada viernes, en el spa, cierra los ojos entre vapores y burbujas y yo me dedico a ingeniar la manera menos forzada de hablar con ella. 
Así llevaba meses hasta que la semana pasada ocurrió por fin. Fue sólo una frase, tan solo una pregunta mientras me ponía la mano en el pecho desnudo. Fue en el jacuzzi. Quise compartirlo con ella, y tanta era mi emoción de encontrar hueco a su lado, que al subir el escalón que lo precede, pisé mal y me caí. No fue una buena caída, la verdad. Me partí la cadera, pero mereció la pena. Ella salió del agua la primera y me miró con cara de presentadora. "¿Estás bien?" Ahora sí, pensé antes de darme cuenta de que no podía moverme.
Llevo una semana en el hospital y hoy he visto su telediario. Estaré una temporada sin verla en persona. Al menos me queda el consuelo de haberla servido para incluir un reportaje sobre accidentes domésticos y caídas absurdas. Creo que mientras sonríe piensa en mí.

martes, 31 de enero de 2012

EL PARAÍSO TIENE NOMBRE


Artículo publicado en CULTURAMAS 31 enero 2012



Compraron una casa en un pueblo destinado a desaparecer por huída de los jóvenes y fallecimiento de los viejos. Está en un valle de acceso complicado al que se accede por una carreterita que, al llegar, ya sólo es camino rural. Buscaban evadirse de la ciudad los fines de semana y alejarse de la universidad donde ambos imparten clase.
Es una casa de piedra, grande y firme como las de antes, en la que ventanas y puertas no habían soportado la falta de atención y donde las zarzas habían ya empezado a colonizar el interior.
La reforma fue integral. Tiraron todo abajo menos las cuatro paredes de la fachada, manteniendo el espíritu del pueblo. Después, aconsejados por el arquitecto, aprobaron el proyecto que les dejó la casa a su gusto; diáfana, sin apenas tabiques y con predominio de la madera. Con el paso del tiempo, iban decorándola con calma, sin precipitarse, sin volverse locos. Gradualmente, cada fin de semana, la casa iba adquiriendo el sentido por el que fue comprada, que básicamente consistía en hacer que se olvidaran de todo durante el tiempo que estuvieran allí.
Con casi un año de disfrute, el espacio ya tenía la personalidad de sus propietarios. Estaban encantados. Cuando salían a pasear, apenas se encontraban con los tres o cuatro vecinos que aún quedaban.
Un día, ella pensó que, una vez acomodado y decorado el interior, sería bueno adecentar el exterior, ya que el abandono del lugar hacía que el pueblo pareciera triste y decrépito. Como no había aceras ni calzadas en las calles, se entretuvieron en limpiar de zarzas las fachadas colindantes, abandonadas como estuvo la suya, y colocar algunas macetas grandes de pizarra que él, mañoso y dado al bricolage, había ido fabricando. Rastrillaban cada cierto tiempo con el fin de conseguir que las malas hierbas no decidieran revivir. Ya puestos, y teniendo en cuenta la falta de iluminación, a ella se le ocurrió colocar un gran farol adquirido en un anticuario de Gijón. Un buzón de forja, que jamás contuvo carta alguna, pasó a adornar la piedra. Las ventanas, pequeñas pero numerosas, dejaban hueco para que flores de colores colgaran con alegría.
No conformes con arreglar “su trozo de calle”, pensaron que toda ella al completo, corta como el mismo pueblo, merecería también su mimo y atención. Y así aprovecharon las vacaciones de verano para adecentarla con más macetones y con alguna escultura de mediano formato que él se entretenía en diseñar.
Un día, alguien llamó a su puerta. Era una pareja que estaba de excursión por la zona. “Pasábamos por aquí y nos encanta esta aldea. ¿No sabrán si se vende algo?” Tres meses después, tenían nuevos vecinos.
No tardaron en llegar otros. Unos amigos de Bilbao, invitados durante un fin de semana, que quedaron prendados del lugar, tanto que también compraron y rehabilitaron una casa en ruinas. Pormenorizar una por una todas las incorporaciones sería absurdo.
Sin ayuntamiento, sin alcalde, sin concejales… sin política ni burocracia…, sin nada más que el amor al lugar donde esperaban jubilarse algún día, habían atraído a otras personas que, cómplices, se implicaron en el arreglo y conservación voluntaria de aquel poblacho.
Hoy es uno de los pueblos más bellos de la zona. Siguen sin necesitar asfalto, ni papeleras, ni bancos, ni cabinas, ni aceras, ni semáforos…, ni gente. El temor que ahora tienen es que se presente un avispado y monte un restaurante o un hotel o una tienda de botijos. Por eso, en deferencia a ellos, permitirme que me ahorre confesar el nombre del paraíso.

domingo, 29 de enero de 2012

FABRIZIO Y LA NATURALIDAD (o cómo cagarla en diez minutos)


Artículo publicado en CULTURAMAS 28 de enero de 2012
http://www.culturamas.es/ocio/2012/01/28/frabrizio-y-la-naturalidad-o-como-cagarla-en-diez-minutos/

Fabrizio vive en Milán. Es un diseñador de páginas web muy cotizado. Es caro, sí, pero muy bueno. Proyectos no le faltan, ni perspectiva de tenerlos. La vida le es favorable, en todo le parece ir bien menos en una cosa: las mujeres. No ha encontrado la que busca, y no será por oportunidades. No es que sea guapo, pero es italiano, y de Milán nada menos, y eso siempre conlleva un plus que adorna mucho. Además, se sabe envolver bien y se presenta en sociedad como un regalo. La última fue un fracaso tan clamoroso que a punto estuvo de provocarle el total abatimiento.
La conoció en la presentación de un perfume. Hay que decir que Fabrizio sabe lo que le gusta, de suerte que en cuanto la vio en aquella jungla de elegancia, fue a por ella de cabeza. No estuvo especialmente receptiva, pero tampoco descortés, con lo que Fabrizio se dio por conforme y se atrevió a invitarla a cenar. Un vistazo al reloj, un resoplido confuso, una mirada de reojo y, tras una sonrisa complacida, ella aceptó. Se llamaba Marietta, y era más alta que él.
Fue la primera cena, pero no la última. A esa la siguieron algunas más. Todo parecía ir bien hasta que Fabrizio la invitó a su casa, ese momento fatídico en el que tantas expectativas de pareja quedan truncadas por detalles absurdos. De hecho, Fabrizio siempre lo estropea todo en cuanto las lleva a casa. Había algo que no funcionaba, con lo que su obsesión porque todo estuviera perfecto aquel día le llevó a no dormir la noche anterior.
Había quedado a las ocho y desde las cuatro estaba ya impaciente. Su inquietud la exteriorizaba “preparando el decorado”, lo que no era otra cosa que adaptar la casa al previsible gusto de su invitada. Quería causar buena impresión, así que había dejado dicho por la mañana a la asistenta que pusiera especial celo aquel día. Una vez la casa estaba impoluta, tanto que tenía cierto toque a quirófano, Fabrizio sólo tendría que preocuparse del atrezo. De momento, la mecedora de su abuela, esa herencia que no se atrevía a tirar, la bajó al garaje. Decía que era muy rústica para el estilo moderno que prefería, pero que, por deferencia, no la

Butaca Charles Eames
tiraba. Era mentira, porque siempre leía sentado en ella, mientras que la butaca Eames que también formaba parte del decorado, le resultaba muy incómoda. Sacudiéndose las manos, subió resuelto del garaje dispuesto a acondicionar el espacio. Quitó el mando a distancia de la televisión y lo escondió en un cajón. Tenía pensado decir que no veía la televisión, cosa que no era cierta, pero que le daba un aire intelectual. Dispuso luego sobre la mesa tres libros muy gordos de arquitectura, regalo de empresa por navidad, que nunca había abierto. Añadió cinco o seis cojines al sillón y los colocó imitando a los que aparecían en una revista de decoración. Los tenía guardados en el maletero de su habitación y sólo los sacaba para cada “representación”. Los golpeó para dar la sensación de naturalidad aunque sólo consiguió levantar polvo. Por otro lado, había leído en un artículo que el incienso daba buen rollo, así que había comprado un arsenal que bien valía como ofrenda a los dioses. Encendió cuatro varillas a la vez y pronto el salón quedó envuelto en un humo estático y pesado. Con un cómic que andaba por allí hizo de abanico para airear aquello. Fue imposible. Luego, al verse con un cómic en la mano, le pareció inmaduro y lo escondió. Su espacio lo ocupó un libro de un filósofo alemán que compró en oferta. Había montado también una mesa para la cena digna de verse. Con su afán imitador, la dispuso igual que la de la fotografía de la casa de una señora muy operada que salía en el Cuore italiano. Lo hizo con tal esmero que no era fácil encontrar diferencia alguna con el original. Fabrizio estaba orgulloso de su centro floral y de su juego de copas: una para el aperitivo, otra para el vino blanco, otra para el tinto, y otra para el vino de postre. Con el celo del mayordomo de la reina Isabel, colocaba milimétricamente la cubertería, la bandejita para el pan y las incómodas velitas que abarrotaban la mesa. Todo con tal de que Marietta quedara impactada. Él mismo había decidido vestirse de galán. Se miraba al espejo tan contento y repeinado. Un exceso de perfume quedó luego en la solapa de la chaqueta.
Ocho menos diez; un último vistazo general antes del estreno de la obra. Todo estaba ordenado con calculada medición, todo falsamente reluciente, con los cinco estores de los ventanales a la misma altura, todo obsesivamente calculado, tanto que había perdido el encanto y la naturalidad. El apartamento de un joven informático milanés se había convertido en un esperpento artificial. Marietta llegó con los cinco minutos de retraso que permite la correcta educación. Llegó en vaqueros, camiseta y cazadora de cuero marrón. Al entrar, y una vez superada la falta de oxígeno por culpa del incienso, pensó con rapidez una buena excusa para conseguir que aquella cena fuera lo mas breve posible.
Nunca más volvieron a quedar.


viernes, 27 de enero de 2012

LA SEMANA BLANCA

En Saint Moritz somos muy pocas las monitoras que hablamos español. Yo sólo lo chapurreo, pero me vale para que cada año me asignen los tres colegios españoles que vienen por su semana blanca. Odio trabajar con adolescentes, pero pagan bien. Además, con el grupo de Madrid siempre viene Patricia, la profesora de Conocimiento del Medio, una tía divertida con la que me olvido de tanto niño. Nos enrollamos el primer año y desde entonces tenemos nuestra semana blanca particular. El resto del año, ella  está en Madrid y yo en Suiza, cada una a lo suyo.
Hace unos meses me escribió un mail diciéndome que se casaba con un arquitecto de San Sebastían. La noticia no me produjo ninguna sensación extraña, era algo que podía pasar.
Ayer llegó a Saint Moritz como cada año. Hoy, cuando está amaneciendo, la observo mientras duerme en mi cama y pienso lo afortunado que es ése arquitecto. Tiene unos labios perfectos.

martes, 24 de enero de 2012

EL ASCENSOR DE LA OFICINA

J.C. es creativo publicitario, lo que le permite ciertas licencias en el vestir. El día que la conoció llevaba camiseta negra con "GRUNGE IS DEAD" en el pecho, bermudas a juego y deportivas de esas que no valen para hacer deporte. Como siempre, barba descuidada y melena "de aquella manera". Sus cerca de dos metros y su envergadura intimidan al más pintado, de modo que aquel día por poco la mata de un infarto.
Era la última planta del parking subterráneo de la torre donde ambos trabajaban. J.C. aparcó y con prisas llegó al pasillo de los ascensores. Todos estaban en revisión menos uno, justo el del fondo, el que tenía las puertas abiertas. Para evitar que se cerraran, puso la mano en medio. Al abrirse, vio a una chica joven apretarse contra el rincón mientras se hacía cada vez más pequeña. J.C., sujetando las puertas a lo Bruce Willis, le dijo: "Si prefieres subir sola.... yo espero". Ella dijo primero que no y luego que sí, que sí prefería subir sola. Apretó el botón y se volvió al rincón.
J.C. esperó. Cuando el ascensor llegó, una nota estaba pegada con chicle en el espejo: "Perdón. Planta 13ª". Al abrirse las puertas, ella le esperaba con una sonrisa, una disculpa y la invitación a un café de máquina.
Dos meses después, J.C. se ha cortado el pelo y acaban de mandarme la invitación para su boda.

viernes, 20 de enero de 2012

COMO UNA REGADERA

Todo el mundo parecía darse cuenta menos él. Hasta su mujer tuvo que advertírselo. Estás como una regadera, le dijo mientras le obligaba a mirarse en el espejo. Entonces cayó en la cuenta. Había perdido el norte. Su manera de vestir había dejado de ser 'personal' para ser simplemente 'imposible'. Había decidido hacer caso a la moda y cada mes se gastaba buena parte de su sueldo en comprar todo aquello que subía a las pasarelas. Un día fue a trabajar con transparencias. Fue noticia en un periódico local y varios diseñadores se pusieron en contacto con él. Intentaron explicarle que lo de las pasarelas no es para salir a la calle, que sólo es para promocionarse en los telediarios, pero que ningún loco se lo pondría. Él les miraba mientras se anudaba una maroma de barco en la cintura. Fue imposible. Había perdido la cabeza. Hoy, por ejemplo, le he visto con sandalias a lo romano y chaqueta torera por el sobaquillo. Salía de teñirse la mitad de la cabeza y me ha asegurado que vuelve la hombrera.