Mi padre quiso impresionarme con una fiesta sorpresa. Acabo de cumplir quince años, la edad en que los globos dejan de divertir y los payasos rozan el patetismo. Mi padre se niega a reconocer que estoy creciendo. Siento lástima por él. Echamos mucho de menos a mamá.
por Rafael Caunedo © todos los derechos reservados. http://rafacaunedo.wixsite.com/escritor
miércoles, 18 de enero de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
¿DE QUÉ COLOR ESTÁS HOY?
Artículo para CULTURAMAS 16 enero 2012
www.culturamas.es/ocio/2012/01/16/de-que-color-estas-hoy/
Yo no tengo colores favoritos. Mis hijas son muy dadas a ir por la casa haciendo test, tal vez tengan futuro como encuestadoras, y hay una pregunta que nunca falla cuando se dirigen a mí: “¿De qué color estás hoy?”
Elegir
un color pensando a largo plazo es un error. Admiro a las personas que son
capaces de pintar la casa del mismo color de como estaba. Yo juro que lo
intento, pero hay algo dentro de mí que me dice que no lo haga. Además, creo
que es bueno no lanzarse a aventuras cromáticas de las que pronto nos
saturaremos. Claro que todo va en gustos. A mí, por ejemplo, me gustan los
colores neutros ni fu ni fa, esos que
te acogen como una madre al llegar a casa. Además, los colores condicionan
todo, de modo que si tenemos tentación de amarillo
pollo, pensarlo dos veces, o tres.
www.culturamas.es/ocio/2012/01/16/de-que-color-estas-hoy/
Yo no tengo colores favoritos. Mis hijas son muy dadas a ir por la casa haciendo test, tal vez tengan futuro como encuestadoras, y hay una pregunta que nunca falla cuando se dirigen a mí: “¿De qué color estás hoy?”
El
color es un estado de ánimo. Si lo analizamos, cualquier elección es un estado
de ánimo, ¿o es que no nos vestimos de determinada manera en función de cómo
nos sintamos? El mismo modelo nos
puede quedar impecable un día y en cambio hacernos parecer un fantoche al
siguiente. El espejo es un traidor; a veces hasta le insulto, sin darme cuenta
que, en realidad, lo hago contra mí mismo.
Igual
me pasa con los colores. Hoy, por ejemplo, me siento marrón confuso, un estado ideal para quedarse en casa y esperar que
cambie el dígito del calendario. Uno no puede evitar tener altibajos, al menos
yo no puedo, por lo que aliarse con un color de por vida me es imposible. No
entiendo como alguien puede tener un color favorito. Mi padre, desde que le
conozco (básicamente toda mi vida), adora el verde, el verde sin matices, a
secas. No niego que algunas veces yo esté verde
indecente, pero se me pasa y me decanto luego por el azul meditativo en un segundo. Soy así, un tipo voluble.
| Amarillo felicidad |
También
me gusta el blanco no estoy, un color
ideal para no tener niños y ser muy limpio y ordenado, por lo que lo descarto
hasta más adelante. De momento me conformo con un gris todo vale.
Los
días negros tricornio son mejor que
los dejemos pasar por mucho que brillen como el charol; engañan, y si tomáramos
cualquier decisión en uno de ellos, podría volverse en nuestra contra. Eso sí,
siempre nos quedará el negro sala de cine,
que me ha servido de terapia desde niño, y del que me sirvo para auto engañarme
y salir del mal trago. Es la psicología de los colores, esa que recomienda la
no saturación de los tonos; o sea, nunca rodearse en exceso de colores puros,
el rojo-rojo, por ejemplo, y dejarlos
para sutiles pinceladas de nuestra vida, para detalles de esos que están,
atraen, pero no matan.
La personalidad de cada uno se
exterioriza a través de los colores, en la ropa, el coche o en casa, por eso,
el día que vayamos a tomar alguna decisión importante, como la de elegir el
color de las paredes, es mejor hacerlo cuando nos hayamos levantado azul dialogante y llegues a un acuerdo con
tu pareja. Las soluciones consensuadas siempre “pintan” mejor.
viernes, 13 de enero de 2012
FELICIANO
Relato publicado en la revista CULTURAMAS el 12 de enero de 2012.
En
febrero abre el Salone del Mobile di
Parma, la Reed gifts fairs de
Sydney, la Essere &Abitare de
Italia, el Playtime de Tokio y el
D.A.D. de Sao Paulo; pero yo quiero hablar de Feliciano.
Me
recibe en su taller vestido de trabajo, con un mono azul de cremallera rota
encima de una camisa de franela con los últimos botones desabrochados, lo que
permite ver cuatro pelos mal puestos en un pecho plano y fibroso. Al verme
entrar por la puerta, apaga la maquinaria complacido por tener una excusa para
parar y se dirige hacia mí con sonrisa sincera pero precavida, no se le vaya a
caer el pitillo que cuelga desganado de la comisura. El ruido infernal de la
sierra va disminuyendo de manera gradual, lo que facilita el apretón de manos.
Gasta la misma fuerza que siempre, por lo que suele confundir la mano ajena con
cualquier tronco de madera con los que trabaja. Hace tiempo que no lo veo, pero
sigue igual, más calvo, eso sí, pero lo lleva con dignidad puesto que ha
decidido prescindir de la boina. Dice que eso ya no se lleva. Noto que ha
perdido oído porque me pide que repita las frases constantemente. Me invita a
pasar y saca una frasca de vino sumergida en agua fría. El suelo está igual de
blando que siempre gracias a las virutas que van conformando una moqueta de lo
más placentera. Feliciano se apoya para hablar sobre unos listones de pino y se
enciende el cigarro justo delante del cartelito de prohibido fumar. Allí todo
es inflamable, pero le da igual, su abuelo y su padre ya lo hicieron antes que
él. Tiene serrín en los hombros y en los cristales de las gafas. Son gafas de
pasta marrón, más grandes de lo que permite la moda y con un cristal de los de
antes, de esos que te agrandan los ojos. Una viruta queda enganchada en su
ceja, pero a él no le molesta aunque a mí me dan ganas de soplarle.
Aparece
su hijo Manuel. No pongas que me llamo Manolo, me dice. Él es Manuel aunque
lleve una gorra de los Lakers y escuche hip-hop con los casquitos. Es otra
generación, me dice Feliciano al oído, no te puedes hacer idea de lo que gasta
en cremas para las manos. Su padre no quería, pero Manuel dejó los estudios
para trabajar con él. Es bueno, dice, pero tiene mucha prisa.
Y es que Feliciano, la verdad, es de
otra pasta. Orgulloso me enseña un mueble en el que está trabajando, uno grande
y con muchos cajones. Dice que es para un restaurante. Llevo con él mes y
medio, me asegura, pero fíjate que tacto. Para demostrarlo, pasa su mano sobre
la madera y me mira esperando mi valoración. Como siempre, Feliciano, le digo.
Y es que sus muebles son de esos que estarán expuestos en las tiendas de
antigüedades dentro de cien años, o doscientos. De los que están pensados con
el sentido común y diseñados en una libreta con un lápiz de mina gorda, que por
cierto mantiene un equilibrio prodigioso detrás de su oreja.
Feliciano
es uno de los pocos carpinteros que aún les gusta que se les llame artesanos,
sus manos así lo atestiguan. Eso que se conoce como ‘oficios’ dicen que está
acabado. Seguramente lo afirmen aquellos que no saben reconocer el olor a
madera recién cortada.
Después
de despedirme de Feliciano, he ido a ver a mi amigo Jesús a su fragua. SE
ALQUILA, decía en la puerta.
martes, 10 de enero de 2012
LA LUZ DEL SUR DE FRANCIA
Estaba de vacaciones por el sur
de Francia, callejeando con las manos en los bolsillos por aquel pueblo que olía
a pan. El empedrado del piso me transportaba a otra época en la que los cascos
de los caballos resbalaban los días de lluvía. Caminaba por la acera de la
sombra, con espíritu inactivo, imaginando cómo sería vivir en un lugar así,
apartado del mundo. Era un pueblo tan pequeño que cuando me di cuenta ya estaba
fuera. Me di entonces la vuelta y volví sobre mis pasos, pero por la acera del
sol. ¿De qué vivirá esta gente?, me preguntaba con envidia.
Cuando mi poco dotado cerebro
cavilaba sobre las distintas posibilidades de montar un negocio allí, el sonido
de una campanita llamó mi atención. Provenía de una calle perpendicular a la
principal, una callecita tan estrecha que su calzada no recibía la luz del sol.
Al fondo vi un cartel de madera y hierro oxidado. Antiquités, decía. Me
animé a adentrarme en aquel pasadizo para traspasar el umbral a otro mundo.
La campanita volvió a sonar al
abrir la puerta. Olía a cera, a madera y a desván. Nadie salió a ofrecerme su
atención. La tienda estaba repleta de muebles, cuadros, lámparas, escafandras,
máquinas de todo tipo, esculturas, vajillas…, y todo iluminado con bombillas de
escasa potencia distribuidas en cualquier parte. Me vi de pronto caminando
entre muñecas de porcelana, de esas de las películas de miedo, segadoras de
principios del XX, partituras ajadas y cuberterías de plata amarillenta.Tuve la
sensación de que el tiempo no corría al ver todos los relojes parados colgando
de las paredes. Entonces me pareció oír las notas de un piano, muy bajito, al
fondo. Era un local lleno de recovecos y cuando creías que terminaba, aparecía
otro en una esquina. Me orienté de oído y fui hacia Eric Satie. Me encontré con
un hombre de mi edad, con mi barba, despeinado con mi estilo y tomando un té
como yo suelo hacer. No me vio, tan absorto que estaba en su libro.No quise
molestarle. Sentí envidia, lo reconozco. Tal vez él estuviera harto de estar
allí; no sé si tendrá problemas económicos; puede que esté deseando largarse al
Caribe. No sé, pero la sensación era que no le hacía falta el mundo.
En ése estado tan zen, me
encontré de pronto, antes de irme, con una lámpara en una esquina. Era de cerámica
pintada a mano, cuarteada por la base, con la pantalla torcida y algo quemada
por un lado. Quise encenderla. Tenía un interruptor de perilla, como los que
tenían mis abuelos, amarillo y algo pegajoso. La encendí con prevención no
fuera a estallar la bombilla. Pero no. Al momento quedé prendado.
Compré su luz, no compré la lámpara,
compré su luz.
Hoy la uso en mi casa asturiana. La dejo encendida
cuando estamos fuera. Se ve desde fuera a través de la ventana y da la sensación
de que Satie suena dentro y de que alguien lee evadido del mundo mientras toma
un té.
Tal vez por eso suelo comprar sillas desparejadas y mesas que cojean.
Tal vez por eso suelo comprar sillas desparejadas y mesas que cojean.
domingo, 8 de enero de 2012
EL AIFON FOR
Tengo cerca de ochenta años y mis nietos me han regalado un teléfono; lo llaman AiFon For. Entre todos han reunido el dinero para sorprenderme el día de reyes. Lo han dejado debajo del árbol, junto a las muletas. Guillermo, el de catorce años, se sentó ayer conmigo para explicarme cómo funciona. Empezó a toquetear la pantallita. Intenté seguirle, lo juro, pero comencé a marearme. De pronto apareció la cara de Mónica, que Dios la tenga en su gloria. Mi nieto me dijo que cada vez que lo encienda, ella aparecerá. Hoy ya estoy solo en casa, solo con mi AiFon For. No se quieren enterar de que yo no necesito teléfonos para andar por la calle, que no puedo sujetarlo con las muletas. Pero una cosa buena sí tiene éste chisme. Gregorio, mi vecino, un manitas, me ha suprimido el sonido, así que no suena, y lo he colocado sobre mi mesilla. He dormido de un tirón por primera vez en años gracias a Mónica. Espero que mis nietos no se ofendan porque lo use de portafotos. Ustedes no se lo cuenten.
viernes, 6 de enero de 2012
DOS DISPAROS
Un aria de Puccini se oía desde el salón, mientras el repentino fogonazo me dejó ver la bala que venía hacia mí para matarme. Un fugaz repaso de mi vida pasó por mi cabeza justo antes de que la bala llegara: mis hijos, mis padres, mis amigos..., todos menos mi mujer, cuyo rostro apareció con el segundo fogonazo mientras apretaba el gatillo con rabia apuntando al otro lado de la cama.
martes, 3 de enero de 2012
LA PROFESORA DE QUÍMICA
La vi por primera vez mientras sesteaba en una tumbona. Entró despistada en el jardín y, al verme, se dirigió a mí. Se presentó como la profesora de química de mi hijo. Tenía veintipocos años, ojos azules y coleta rubia; muy aria, lo sé, pero qué le vamos a hacer. La vi luego meterse en casa y desaparecer. Soñé con ella cada siesta. Acabó el verano y mi hijo volvió a suspender en septiembre. A pesar de que yo insistí para que siguieran las clases durante el curso, mi mujer dijo que no. Creo que no hubo química entre ellas.
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